L-I: "Argentinian scientists massively rejected by the system" (in Spanish)

Nestor Miguel Gorojovsky gorojovsky at SPAMinea.com.ar
Sun Jun 25 15:26:49 MDT 2000


Interesting: the great oligarchic newspaper of Buenos Aires, _La
Nación_ editorializes against the economic asphyxia of Argentinian
science.

A bit too late, one would say. _La Nación_ is very used to these late
discoveries. But the article is a good one.


LA NACION LINE - Enfoques:
Cerebros brillantes a precio de saldo

DESARROLLO TECNOLOGICO / Los protagonistas desconocidos
Cerebros brillantes a precio de saldo

Recientemente, un grupo de científicos argentinos fue distinguido con
las becas más prestigiosas y codiciadas en el nivel internacional. La
Argentina invierte en ciencia sólo el 0,45 de su PBI contra el 2,8
por ciento de Estados Unidos y de Suecia, y los investigadores
reclaman que las autoridades y la sociedad valoren su actividad como
una necesidad y no como un lujo.

LA semana última, Romina Gamberale, licenciada en Ciencias
Biológicas, estaba furiosa. "Esto no es una fuga de cerebros -
exclamaba-. Esto es una expulsión de cerebros." La desesperación de
la joven becaria del Conicet, de 26 años, que había enviado mensajes
por correo electrónico en los que informaba de la realización de la
protesta del jueves último frente a la Secretaría de Ciencia y
Técnica, se originaba en la decisión oficial de abonar por partes los
sueldos de quienes se encuentran en los primeros tramos de la carrera
del investigador. Primero, 429 pesos. Los restantes 286, se pagaron
el jueves último, cuando hubo fondos.

El sistema científico nacional incluye a 3581 investigadores, 1800 de
los cuales son becarios, como Romina, y 123 son investigadores
superiores, el  máximo escalafón. Sus sueldos básicos van de $ 714 a
$ 1446, aunque con losagregados que se otorgan por informes
aceptables, publicaciones y otros reconocimientos pueden alcanzar, en
el mejor de los casos, los 4000 pesos. Es un grupo de cerebros
altamente seleccionados.  Para ingresar en el sistema se requiere un
promedio de ocho puntos o más, y luego son continuamente evaluados
por la calidad de su producción científica.

Pero a pesar de sus méritos personales, las dificultades que deben
sortear en el trabajo y el rigor de una carrera altamente
competitiva, los investigadores argentinos a veces sienten que son un
lujo y no una necesidad para el país. La Argentina invierte en
ciencia entre un 0,45 por ciento (según datos oficiales) y un 0,37
por ciento (según información extraoficial) de su producto bruto
interno (PBI). Bastante menos que el 0,76 por ciento que invierte
Brasil, su socio en el Mercosur. Chile, por su parte, dispone el 0,62
por ciento del PBI para el desarrollo de la ciencia, pero con el
compromiso expreso del presidente Lagos de llegar al 1,2 por ciento
en los próximos cuatro años. Los países desarrollados, con índices de
inversión de entre el 2,8 por ciento (Estados Unidos, Suecia) o el
2,9 por ciento (Corea, Finlandia, Japón), están ubicados en un
horizonte aparentemente inalcanzable.

Sin embargo, mientras aquí todavía se discute la conveniencia de
destinar o no fondos a las ciencias básicas y el sistema científico
observa con inquietud cómo la posibilidad de que sus magros recursos
se reduzcan aún más, los investigadores siguen recibiendo
distinciones internacionales. Paula Cramer, joven doctora en ciencias
biológicas de la UBA, ganó no una sino dos de las becas más
disputadas en el nivel mundial para hacer su posdoctorado en el
prestigioso laboratorio de biología molecular de la Universidad de
Harvard: la que otorga el Jane Coffin Child Memorial Fund for Medical
Research y la del Damon Runyon-Walter Winchell Fund for Cancer
Research.

La Fundación Antorchas inició una nueva modalidad y entregó su
acostumbrado premio a un único investigador designado por un jurado
de máximo prestigio internacional, que estuvo integrado por David
Sabatini, el premio Nobel Thorsten Wiesel, Margarita Salas y Robert
Perry. El elegido fue Alberto Kornblihtt, doctor en química,
investigador del Conicet y profesor titular de Introducción a la
Biología Molecular y Celular, de la Facultad de Ciencias Exactas, de
la UBA. Y el monto, inusual para los estándares nacionales: 100.000
pesos por año, durante tres años, con opción a otros dos períodos
similares si el investigador sigue trabajando bien.

Además, la John Simon Guggenheim Memorial Foundation, prestigiosa
entidad filantrópica norteamericana, acaba de difundir la lista de
quienes este año recibirán su tradicional distinción. Entre las
personalidades destacadas de América latina y el Caribe se encuentran
esta vez tres científicos argentinos: los doctores Ernesto Calvo, de
la Universidad de Buenos Aires, y Julián Echave y Diego Golombek, de
la Universidad Nacional de Quilmes, que como el resto de los elegidos
fueron seleccionados entre más de 400 postulantes de toda América.

Artistas y estudiosos

La noticia los sorprendió inmersos en las angustias que ya se
hicieron rutina en los laboratorios del país. "Aquí no estamos en
condiciones de trabajar en forma competitiva, apenas de mantenernos -
confiesa Diego Golombek, que a los 35 años se destaca no sólo por sus
logros en el campo de la investigación sobre ritmos biológicos, sino
en el de la literatura de divulgación-. Tenemos una línea que
internacionalmente es respetada, pero si alguien de un país avanzado
se pone a trabajar en lo mismo nos destruye." "Todo mi trabajo es
financiado por entidades externas -lamenta Julián Echave, químico
teórico que estudia la evolución de las proteínas-. Aunque mi caso es
particular, porque tuve la oportunidad de desarrollarme y desarrollar
un grupo de trabajo, hay algo que falta: el estímulo." Ernesto Calvo,
que trabaja en el mundo de lo infinitamente pequeño, la
nanotecnología, reflexiona: "La electroquímica en Brasil la fundaron
tres argentinos y ahora emplea a 2000 personas. Acá, las autoridades
y la sociedad no valoran la ciencia como un capital. Al sistema
científico le van quedando las últimas joyas de la abuela. Hace unos
días todos nos alegramos por la noticia de que exportaremos a
Australia un reactor fabricado por el Invap, pero no estamos haciendo
nada para tener otro Invap dentro de 20 años".

La beca Guggenheim se otorga desde 1922 "para ampliar el desarrollo
intelectual de estudiosos y artistas, asistiéndolos en la
investigación dentro de cualquier campo del saber y la creación en
cualquiera de las artes (...) para que cada uno la utilice con amplia
libertad en el proyecto que le interesa desarrollar". Ronda, en
promedio, los 34.000 pesos. Para obtenerla, los científicos
argentinos debieron aportar un currículum, cuatro cartas de
presentación de personalidades destacadas en su tema de investigación
y una propuesta. Y aunque por sí sola no alcanza para financiar un
proyecto, que siempre requiere de múltiples fuentes de financiación,
otorga a los elegidos un prestigio indiscutible. Pero, penurias
aparte, los científicos distinguidos están realizando aportes muy
valorados, cada uno en su campo.

Golombek, doctor en biología, está embarcado en un amplio estudio
sobre el tiempo y los ritmos biológicos en los mamíferos. "Nos
interesa responder dos preguntas -explica-: cómo funciona el reloj
biológico de los mamíferos y, sobre todo, cómo se pone en hora.
Sabemos que la luz juega un papel esencial, pero ¿qué le dice la luz
al reloj interno que tenemos en el organismo?, ¿qué genes activa, qué
pasos bioquímicos siguen la huella de ese mecanismo? Para averiguarlo
estudiamos animales de laboratorio y también qué ocurre en los seres
humanos. Por ejemplo, qué alteraciones se producen en los pilotos de
aviación, o cuánto influye lo social en el concepto de tiempo, qué
ocurre en una comunidad sin luz eléctrica o si nuestro reloj
biológico varía según las estaciones."

Proteína, palabra larga

A los 38 años, Julián Echave ya no se considera un científico joven.
Graduado en la Universidad de La Plata con un promedio de 9,90 (por
el que la Asociación Química Argentina le entregó una medalla al
mejor promedio del país), y con un posdoctorado en la Universidad de
Cambridge, se dedica a la química teórica y piensa utilizar el monto
de la beca para seguir trabajando en algunos de los más logrados
trabajos de química teórica de su grupo de investigación.

"Hicimos un modelo de evolución biológica de las proteínas que dio
muy buen resultado -cuenta-. En general, las proteínas son como
palabras largas, formadas por largas secuencias de letras: los
aminoácidos. A lo largo de su evolución, tal como ocurre con el
lenguaje, esas palabras van cambiando. Se van sustituyendo letras,
pero para ejercer su función biológica no todas las combinaciones
tienen significado. Nosotros desarrollamos este modelo teórico que
demuestra que todos los cambios son igualmente probables, pero que
nos permite evaluar cuál de las palabras resultantes no tiene
significado: las variaciones permitidas por la evolución son las que
conservan la estructura tridimensional de la proteína."

Calvo, que es licenciado de la Facultad de Ciencias Exactas de la
UBA, es actualmente investigador principal del Conicet, profesor
titular y secretario de Ciencia y Tecnología de la misma facultad. Su
trabajo en el campo de la electroquímica y la nanotecnología tiene
múltiples posibilidades de aplicación: "En baterías, en biosensores,
en autos eléctricos...Nosotros tratamos de entender cómo funciona
química y físicamente la biología para hacer máquinas infinitamente
pequeñas -explica-. Hace treinta años, la computadora más grande del
mundo ocupaba una pieza entera; ahora, en un centímetro cúbico
podemos ubicar una cantidad enorme de transistores gracias a que
logramos armar dispositivos con moléculas, en tamaños que rondan la
mil millonésima parte de un metro". Actualmente, su laboratorio se
encuentra empeñado en fabricar un analizador de sangre y un medidor
de glucosa, de lactato y de urea.

"Utilizamos las enzimas y las conectamos eléctricamente por medio de
un cable molecular con una computadora. Es una nueva disciplina que
se llama electrónica molecular. Está en sus comienzos, pero en otros
países hay gente que invierte en esto".

Una luz en la oscuridad

Con respecto a la beca Antorchas, el doctor Kornblihtt se muestra
feliz. "Esto nos da una tranquilidad muy grande no sólo a mí, sino
también a todo nuestro grupo de investigación." Alberto Kornblihtt
recibió toda su educación en la Argentina. Cursó la primaria en una
escuela estatal, la secundaria en el Colegio Nacional de Buenos
Aires, se recibió de biólogo en la Facultad de Ciencias Naturales de
la UBA y se doctoró en el Instituto Campomar, dirigido entonces por
el doctor Luis Federico Leloir. Pero fue algo más tarde, cuando viajó
a Oxford para hacer un posdoctorado bajo la supervisión del doctor
Alberto Baralle, que descubrió el tema que lo apasiona: la regulación
y expresión del gen encargado de fabricar una proteína que interviene
en la diferenciación de la células embrionarias y en la migración de
las células tumorales, la fibronectina.

"Si esa proteína está ausente, se interrumpe el desarrollo
embrionario -explica-. Pero, además, es esencial para que las células
migren a los lugares correctos en el embrión y tiene un papel
protagónico en la migración de células tumorales: las que no fabrican
esa proteína hacen metástasis con mayor velocidad." De regreso en la
Argentina, el equipo del doctor Kornblihtt descubrió que dos de los
procesos que intervienen en la activación del gen y la producción de
la fibronectina en realidad eran uno solo, lo que alteró el modelo
clásico de la biología celular.

"Esos trabajos se expandieron y dieron lugar a colaboraciones con el
extranjero", se enorgullece. Ahora, y gracias a la beca Antorchas,
Kornblihtt tiene asegurada cierta tranquilidad para llevar adelante
sus investigaciones. Sin embargo, él subraya que eso no lo exime de
seguir reclamando el apoyo social y estatal que a su juicio merece la
ciencia argentina. "Aquí lo que falta es una política de Estado de
apoyo a la ciencia, porque los gobiernos pasan y el problema se
agrava -afirma-. No puede ser que con cada nuevo gobierno tengamos
que volver a rendir examen y demostrar que servimos para algo. Todos
los que trabajamos acá hacemos un gran esfuerzo y demostramos un
compromiso con el país, y este premio nos crea un compromiso mayor."

Hace algún tiempo, el investigador argentino Marcelino Cereijido,
residente en México, ensayó una explicación de por qué el Primer
Mundo desarrolló una ciencia y una tecnología en las que ahora basa
su poderío y, por el contrario, el Tercer Mundo no (Por qué no
tenemos ciencia, Editorial Siglo XXI, 1997). Escribe Cereijido: "Los
países del Primer Mundo ensamblaron un aparato científico-técnico-
productivo y hoy son los que eligen, deciden, inventan, tienen,
dominan, dictan nuestras modas, viven de los intereses del dinero que
les debemos (...)". Y más adelante teoriza que, aunque en esta parte
del mundo producimos investigadores excelentes, que publican en las
mejores revistas internacionales, forman parte de los planteles de
las mejores universidades del mundo y obtienen todo tipo de
distinciones, incluido el famoso premio Nobel, no tenemos ciencia
porque ésta depende en forma crucial del apoyo de la sociedad. Los
ejemplos de Cramer, Kornblihtt, Golombek, Echave y Calvo parecen
indicar que puede tener razón.

Por Nora Bär De la Redacción de La Nación Copyright © 2000 LaNación
Néstor Miguel Gorojovsky
gorojovsky at inea.com.ar
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