More on child work in Argentina (in spanish)

Julio Fernández Baraibar julfb at SPAMsinectis.com.ar
Sun May 7 09:13:26 MDT 2000


And this is a more colourful article on the same issue.
Argentina, in spite of all, is Latin America too.
Julio FB

Domingo 7 de Mayo de 2000
INFORME ESPECIAL / TRABAJO INFANTIL: UN TRABAJO MAL PAGO Y EN DURISIMAS
CONDICIONES
Pequeños hacheros y algodoneros
ALBERTO GONZALEZ TORO. Chaco, enviado especial.

La provincia del Chaco también padece la explotación infantil. Clarín estuvo
la semana pasada en dos centros rurales alejados de las zonas urbanas. Allí,
entre otros lugares, se está "levantando" la cosecha de algodón.

Tres Isletas, a 70 kilómetros de Presidencia Roque Sáenz Peña, segunda
ciudad del Chaco. Walter, de 12 años, cosecha el algodón con expresión
adusta. Es tímido, vergonzoso y casi nunca mira a la cara. "Soy de Boca",
dice, como para iniciar una conversación.

En el campo, con restos de una lluvia reciente, se puede ver a cerca de cien
cosecheros, hombres y mujeres, con las espaldas dobladas. El treinta por
ciento de los trabajadores son chicos.

Germán, de 10 años, es hermano de Walter. Concentrado, coloca los copos de
algodón en una bolsa de arpillera que arrastra por el suelo. Dice que por
día recoge "más o menos 20 kilos". El patrón le paga diez centavos el kilo.
Su hermano se jacta de llegar a los 30 kilos diarios. "Soy más grande", se
ufana. Los mosquitos son muchos y las hormigas coloradas se suben por las
piernas, temibles. El calor es húmedo y pegajoso.

Mauricio, de 35 años, es el padre de los dos chicos (otros tres hijos
quedaron en su casa). Hombre silencioso, trata afanosamente de "levantar" 70
kilos, "y a lo mejor, con suerte, llego a los 80".

"Si está lindo el algodón, podés sacar diez pesos por día", se entusiasma
Mauricio. Y después de un interminable silencio, agrega: "Por lo menos, así
podemos pucherear". Sus dos hijos continúan con su trabajo. No fueron a la
escuela porque la familia necesita de ellos. La cosecha dura desde febrero
hasta junio y hay que aprovechar el tiempo. El hombre sabe que le quedan
cinco años de cosechero: a los 40, su columna vertebral ya no resistirá su
peso.

A los 14 años, en cambio, la columna está fuerte y las manos son rápidas y
firmes. Daniel empezó a cosechar algodón a los 7 años y "levanta" 50 kilos
por día. Trabaja desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde.
Hoy cobrará unos cinco pesos. De todos los chicos consultados por Clarín,
sólo Daniel dice que va a seguir la escuela secundaria: "Voy a ir a la
técnica". Sus manos, mientras tanto, no paran de meter algodón en la bolsa.

Después de Pampa del Infierno, unos pocos kilómetros más allá de Frentones,
a 120 kilómetros de Roque Saénz Peña, está el campo del hijo de un
inmigrante ruso que arribó a estas tierras en 1944. Allí trabajan hacheros,
que derriban árboles para que los hornos los transformen en carbón. Uno de
ellos, Walter, tiene 12 años, y luce su hacha con orgullo profesional.
Hincha de Boca, también. Mientras el dueño del campo mira los partidos por
TV, él se conforma con escucharlos por radio.

Walter vive junto a su familia en un ranchito sin paredes, que tiene por
techo un toldo negro de plástico, regalo del patrón. Su padre, Eugenio, ha
cumplido 65 años y espera —dice— "vivir y trabajar de hachero hasta los 80".
Otros dos hijos también se cobijan bajo el toldo negro. Allí están 21 días;
después van a sus casas 2 o 3 días y retornan al obraje.

En el monte, casi impenetrable, hay otros hacheros. Muchos de ellos son
chicos, que evitan hablar con el cronista: tienen miedo de que sea un
representante del gobierno provincial o un delegado de la obra social de la
Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores (UATRE). "Todos trabajamos en
negro. Pero si yo protesto, el patrón me echa", dice un adolescente que
mastica un pedazo de tortilla a la parrilla, alimento básico del hachero.

En su casa, el patrón muestra una despensa con víveres. "Hay de todo. Yerba,
azúcar, harina, carne, gaseosas y hasta vino. Mis obreros me compran a mí,
al mismo precio que se vende afuera. Yo no abuso de nadie".

Su opinión no es compartida por su personal. "El ruso nos triplica el precio
de las cosas. El azúcar, afuera, cuesta 35 centavos. El nos cobra un peso.
Pero no tenemos más remedio que comprarle al patrón". El campo está a siete
kilómetros de la ruta y el camino es de tierra. Además, el dueño les fía.

Walter, con el hacha en la mano, mira hacia la ruta lejana. Después le
señala al cronista una vieja radio. "Por allí escucho los goles de Boca",
sonríe. Y clava el hacha en un árbol, como si fuera el arco de River.



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