(Spa) Changes in Argentinean manufacture during the 90s

Gorojovsky Gorojovsky at arnet.com.ar
Fri Dec 28 17:17:59 MST 2001


Héctor Valle is a progressive developmentalist.
------- Forwarded message follows -------

 LOS CAMBIOS ESTRUCTURALES EN EL ESQUEMA MANUFACTURERO Y EL MODELO
ECONÓMICO DE LOS 90´


Las mutaciones ocurridas en la estructura productiva de la Argentina
en la última década no se pueden desvincular de la estrategia adoptada
en ese período con el propósito de estabilizar los precios, abrir la
economía, desarmar el aparato estatal y reinsertarnos en las
corrientes mundiales de capital. Analizado en perspectiva se advierte
que tales  ³ transformaciones ³, no sólo no permitieron eliminar
nuestra estructural vulnerabilidad externa, llevándonos por el
contrario a la actual situación terminal sino que además abrieron y
profundizaron otros grandes desequilibrios pre existentes vinculados
al tipo de acumulación y distribución de riqueza que resultaron
consolidados el modelo de la convertibilidad. 

En tal sentido, la persistencia de un proceso unilateral de apertura
comercial y financiera, generalizada desregulación de los mercados,
eliminación de toda suerte de activismo estatal en materia de
políticas de estímulo a la producción y la cristalización de una
estructura de precios relativos pivoteando a partir del anclaje
cambiario-  de consecuencias muy adversas para una amplia gama de
producciones de transables interna -,  estrecharon al mínimo la
viabilidad económica de las actividades productivas, gran parte de las
cuales desaparecioeron,  y las regiones del país.

Solamente quedan fuera de este cerco un conjunto de rubros no
transables, estrechamente vinculados a las privati-zaciones, el
sistema financiero y las nuevas cadenas de comercialización, así como
ciertos nichos de inversión en torno a la explotación de materias
primas agrope-cuarias, energéticas y mineras. Otro tanto ocurre con
ciertas actividades manufactureras que han logrado insertarse en
ciclos internacionales de producción, siendo su caso emblemático la
producción de tubos sin costura. 

Es precisamente el tipo de espe-cialización que se está consolidando
en la Argentina el que torna en tendencia permanente, y no en meros
desajustes transitorios, a la creciente pauperización de la población
y la decadencia de los asentamientos urbanos del interior del país. Se
trata de fenómenos inherentes al subempleo de factores productivos, la
desarticulación de las economías regionales y la progresiva
primarización de nuestra capacidad productiva, a la que
permanentemente empuja el funcionamiento del modelo.

Después de diez años del funcionamiento de este modelo, su incapacidad para
generar recursos externos en una magnitud compatible con la magnitud alcanzada
por las rentas al factor externo -incluidas las crecientes utilidades y
dividendos- vuelve a colocar al tema del endeu-damiento como restricción clave
para la sustentabilidad del crecimiento argentino en el largo plazo.  

Los cambios en el esquema fabril

Analizando la evolución de la economía argentina en una perspectiva de
largo plazo, uno de los fenómenos más notables que se advierte es el
dramático redimensionamiento productivo operado en su sector
manufacturero. Se trata de una tendencia que arranca a mediados de los años
setenta, se profundiza con la crisis de la deuda externa y adquiere gran
celeridad en los 90´ empujada por la sobrevaluación cambiaria.

Cualitativamente, la misma pasa por la reducción en la gama de bienes
producidos y su elaboración con grados cada vez menores de integración local
(ejemplos típicos son los procesos seguidos por las industrias automotriz y
electrónica). Cualitativamente, se ha reducido la ponderación del valor agregado
manufacturero en el PIB total, cayó el nivel de empleo en el sector y se
constata un desequilibrio, tan fuerte como pujante, en el balance comercial
externo de las distintas ramas fabriles.

En consecuencia, la economía argentina aparece inmersa en un proceso
de artificial ³terciarización², combinado con una renovada ³
primarización ³ de las exportaciones. La mayor ponderación de las
actividades dentro de la economía empujada por la sobrevaluación del
peso se desenvolvió con gran rapidez, sin efectuar un aporte decisivo
al problema del empleo (originado tanto en la reconversión industrial
como en el ajuste del sector público y en la expulsión ocurrida en
rubros como el comercio y la actividad financiera). 

En ese proceso, la expansión de los sectores no transables que provocó
el comportamiento de los precios relativos y la ola de
privatizaciones, no ha compensado en grado alguno a la competitividad
global que el país ha perdido a consecuencia de la
desindustrialización. Ello se refleja en el crecimiento y contenido de
las exportaciones.

El examen más detenido, llevado a cabo sector por sector, muestra, en
efecto, la existencia de vacíos importantes dentro del tejido de las
relaciones interindustriales. Esa pérdida no ha sido compensada por
una mayor productividad en otros espacios de la economía que
permitiera consolidar a nuevos tramos competitivos internacionalmente.
En consecuencia se amplió el margen de vulnerabilidad que caracteriza
al sector respecto a la competencia externa.

En consecuencia este modelo no condujo a un nuevo y moderno perfil
industrial, ya que, más allá de algunas excepciones, no se asistió a
un generalizado proceso de inversión, fuera de los mencionados nichos
de especialización,  destinado a crear una nueva industria competitiva
internacionalmente. Esa tendencia se agravó en los últimos tres años
período durante el cual se verificaron caídas records en materia de
inversión que fueron particularmente agudas en el caso de la
instalación de maquinarias y equipos. 

Como se  ha dicho, se advierte que el aceleramiento experimentado en
esta peculiar reconversión que experimentó la esfera productiva de la
Argentina constituye una de las manifestaciones estructurales
relevantes de la  política económica que genericamente se conoce como
³ de la convertibilidad ³, sin ignorar que, además, reconoce una
vinculación estrecha con el proceso de globalización que caracteriza a
la economía mundial.

Estas circunstancias y sus consecuencias vienen reavivando el debate
acerca del curso que está siguiendo el sector manufacturero en la
Argentina, particularmente debido a los efectos del carácter
unilateral que presenta la apertura externa y, correlativamente, al
cepo que impone el tipo de cambio fijo, tanto sobre la estructura de
precios como en el terreno de las exportaciones industriales.

La estrategia oficial para la industria -con la excepción del régimen
automotriz- se inscribió sistemáticamente dentro de lo que
genéricamente se conoce como ³políticas de oferta², limitadas a
ciertos estímulos puntuales, generalmente orientados a facilitar el
abastecimiento de insumos importados y empujar hacia la baja del costo
salarial  

Ahora bien, por esa vía el sector industrial se ha convertido en
expulsor de mano de obra y en fuente de déficit externo, con un
limitado atractivo en materia de inversiones de riesgo. Dado que no
existen en otro punto de la economía fuentes alternativas de
dinamismo, el modelo, primero  se reveló impotente para generar
condiciones generalizadas y sostenibles en el tiempo de crecimiento
con una elevada vulnerabilidad a los cambios en las condiciones
exógenas. A su turno, una vez ingresado en la recesión es el modelo la
traba fundamental para abandonarla. 

No cabe duda de que estamos ingresando en una etapa de creciente
discusión acerca del futuro de nuestras economías, debate que
inevitablemente debe pasar por el terreno de la estrategia industrial
pero que no puede distraerse respecto a los límites que su efectivo
ejercicio imponen otras facetas de la política económica como el tipo
de cambio fijo, las tarifas de los servicios privatizados, el costo
del crédito o el peso intolerable del endeudamiento externo. 

Como se recordará, luego de la crisis de las deudas externas, al
tiempo que se daba por muerto al viejo patrón de acumulación
(genéricamente definido como ³modelo sustitutivo de importaciones²),
en nuestras naciones se impuso una nueva opción estratégica.
Ideológicamente, la misma estuvo fundada en las recomendaciones de los 
organismos multilaterales de crédito -auditores de la banca acreedora privada-,
donde las variables privilegiadas eran seleccionadas en el terreno monetario y
fiscal.

Tal selección era coherente con el objetivo de garantizar el éxito en
la renegociación de las deudas. Pero a partir de ese abordaje, lo que
ocurriera en la esfera material resultaría un efecto -con alcances 
reestructuradores impredecibles- de esas acciones destinadas a lograr los 
equilibrios fundamentales en las cuentas públicas y los pagos externos. Si al
mismo tiempo se adoptaba en materia cambiaria un esquema de caja de conversión
que congelaba la sobrevaluación en la moneda nacional los grados de libertad
para el desarrollo industrial virtualmente desaparecían.  

Con los resultados a la vista, puede concluirse que ese modelo, que
provocó nuevas formas de concentración del capital, no pudo sentar las
bases del crecimiento sostenido. Por el contrario. Amplió la brecha comercial
externa, engendró una nueva y vigorosa deuda, ahondó las desigualdades
distributivas y no contó con un eco suficiente en materia de inversiones de
riesgo. Con estos frutos a la vista, inevitablemente el análisis de opciones
estratégicas debe partir de las antípodas, comenzando por revalorizar los
vínculos entre la industrialización, el desarrollo económico y la consolidación
del interés nacional.

La gravitación de la industria

Una política económica orientada hacia el desarrollo económico podrá
considerarse exitosa en tanto acierte en el tipo de industrialización
que desenvuelva. Debe maximizar su parcela en el esquema industrial
que rige en el mundo, considerado como escenario de un incontenible
proceso de internacionalización productiva. Se trata de un objetivo
necesario a la consolidación de la Nación que, para cumplir la
condición de ser suficiente, debe desenvolverse competitivamente en el
plano mundial.

Este último propósito, a su vez, sólo puede lograrse a partir de
opciones tecnológicas que garanticen una creciente y difundida
productividad del trabajo.

Al analizar en perspectiva el papel de la industria y los efectos
macroeconómicos que la misma ejerce, no se debe obviar el juicio
autocrítico que toda la experiencia pasada merece. Se advierte que una
industria potente pero aislada, por más espíritu conquistador que
exhiban sus dirigentes, no servirá sino a medias, al crecimiento de la
economía. Esta evolucionará, en ese caso, siempre lejos de alcanzar el
óptimo.

Los bienes de origen manufacturero son también la fuente más
importante de ganancias de productividad para el resto de la economía
ya que, abastecidos por la producción local o por medio de las
importaciones, proveen de equipamiento a los sectores que prestan los
distintos servicios.

Finalmente, es la industria quien ha estructurado desde hace dos
siglos la columna vertebral del mundo del trabajo. Basta con ver la
importancia global que tienen en todos los grandes países
industrializados las relaciones sociales que se establecen en torno a
las condiciones laborales, su remuneración y la distribución y
acumulación de las ganancias de productividad, para verificar las
mismas continúan teniendo un rol decisivo cuyos alcances van mucho  más allá del
campo económico.

De tal modo, tanto por sus efectos directos e indirectos sobre el
nivel de empleo -consolidando y calificando al mercado interno- como en el plano
de los equilibrios exteriores, tener una industria fuerte dentro de las
fronteras nacionales es condiciones necesaria para obtener resultados mejores
para el conjunto de la economía. La competitividad no requiere solamente que
haya estabilidad de precios y equilibrio en el plano monetario, sino
esencialmente de un permanente proceso de inversión que empuje al aumento en
productividad y su difusión.

Tales resultados virtuosos serán más fuertes en tanto el tejido
industrial tienda a maximizar el grado de integración, coherencia,
continuidad y simbiosis respecto a su entorno económico y social. En
consecuencia, un sector industrial que responda a tales rasgos
generales se convierte en el motor principal del desarrollo y el
garante de la soberanía.

Inversamente, la posibilidad de garantizar estos dos últimos objetivos
resulta más limitada cuanto más acotado se encuentre el crecimiento e
integración del aparato industrial. Vale decir, que el margen de
autonomía es más estrecho cuanto más se dependa de que otros sectores en la
economía -o por la vía del endeudamiento- generen los recursos necesarios para
importar bienes de origen industrial.

El costo de la mano de obra y la especialización productiva

Como es obvio, al ser parte de los costos de producción, los salarios
contribuyen a la formación de los precios e influyen, por esa vía,
sobre la competitividad de las empresas. Pero, en la realidad, ese
efecto se encuentra lejos de ser tan unívoco como a priori se podría
esperar. El elemento determinante es lo que ocurra con la
productividad, debido a su incidencia en la formación del costo
salarial por unidad producida.

En el corto plazo -supuesto que se mantengan constantes los restantes
elementos del costo total- se puede, sin duda, esperar que un abaratamiento en
la retribución al trabajo mejore la competitividad de las empresas. Ello,
suponiendo que la baja en el costo laboral se traslade íntegramente sobre los
precios.

Al analizar la cuestión de este modo, se está asumiendo, como un dato,
que todos los otros costos (tal el caso de los financieros) son
inflexibles hacia la baja. Ello es claramente una característica
compatible con modelos de tipo de cambio fijado en un nivel que
sobrevalúa la moneda nacional, probablemente un supuesto implícito en
el modelo. Pero aún aceptando tales supuestos, cabe recordar que las
ventajas alcanzadas mediante una contracción en los costos de la mano
de obra pueden ser rápidamente perdidas si los países competidores
proceden a devaluaciones fuertes de sus monedas.

A mediando y largo plazo, si la tendencia a la baja en el costo
relativo de la mano de obra se profundiza, se convierte, de hecho, en
un elemento integrante de la estrategia competitiva de las empresas.
Pero también son susceptibles de cambiar otros parámetros, como el
nivel de calificación de la mano de obra, el grado de eficacia y la
productividad de los trabajadores asalariados o la calidad de los
productos fabricados. Si estos factores empeoran (por ausencia de
inversión, y menor calificación laboral), serán necesarias nuevas
bajas en el costo laboral.

Por tanto, es imposible aseverar a priori si la estrategia de bajar el
costo salarial arroja, finalmente, siempre un balance positivo o
negativo desde la exclusiva óptica de las empresas o para la economía
de mercado, el desarrollo de una determinada forma de empleo significa
necesariamente que la misma es la más compatible y la que lleva
asociadas ventajas decisivas para la rentabilidad de las empresas
productivas.

En todo caso, no cabe duda de que una persistente tendencia hacia la
baja del costo relativo del trabajo respecto a los competidores
orientará a las empresas hacia un modelo de competitividad, cuya
función de producción se apoya en el bajo costo salarial en detrimento
de una mayor dimensión cualitativa de los bienes ofertados.

Tal estrategia determina una elección de especialización internacional
que privilegia a las industrias de mano de obra abundante y
generalmente menos calificada, en perjuicio de las industrias de alta
tecnología, empleadoras de mano de obra más calificada.

Entre la evolución de los costos salariales unitarios y la de los
precios de venta se encuentran las remuneraciones a los restantes
factores y los márgenes que establecen las empresas en función de su
influencia sobre los mercados. La incidencia de tales márgenes sobre
la forma en que se mueve el nivel de la competitividad/precio pueden
ser importantes, especialmente en el corto plazo.

Por otra parte, toda una serie de efectos ³no mensurables² pueden
también ejercer una influencia sobre la competitividad (es el caso de
la diferenciación debida a la calidad de los bienes, su adaptación a
las necesidades de los clientes, los servicios post venta que se
proporcionan, entre otros factores que otorgan una posición más
ventajosa a determinadas empresas). Son cada vez más difusos los
vínculos entre estos factores y los precios; además, cuanto mayor es
su ponderación, menos influye el factor salarial.

Habida cuenta de la creciente importancia que tienen estos últimos
elementos que hacen a la competitividad microeconómica, los índices de
precios -y su comportamiento relativo a lo que pasa con los precios en
otros países- no miden sino imperfectamente la evolución del grado de
competitividad alcanzado por una economía.

Estas tendencias se fortalecen en el largo plazo, donde la vinculación
entre las performances del país en los mercados exteriores y la
evolución de sus precios de venta parece cada vez más débil. Ese
vínculo depende principalmente de la importancia que tienen las
ventajas ³no mensurables² en las estrategias de las empresas. Y las
mismas son fruto del contexto macroeconómico (fiscal, financiero,
cambiario, etc.) y del curso de la productividad.

Anexo: Progreso técnico y empleo

( NOTAS PROVISORIAS )

Estudios llevados a cabo en 1991 por expertos de la Unidad Europea
(ASSESS Group, ³First biennial report on the social and economic
implications of new tecnologies²) con el objeto de medir el impacto de
las nuevas tecnologías -cubriendo territorios muy diferentes que van de la
microelectrónica a los nuevos materiales, la biotecnología o las nuevas fuentes
de energía-, permiten subrayar que en el caso del empleo:

1) Los efectos negativos sobre el empleo global que se pronosticaban
en el análisis ex-ante del fenómeno de la innovación, parecen ser
menos importantes de los previstos, en particular cuando los agentes
sociales implicados (sector público, empresas, sindicatos) han actuado
consciente y coordinadamente para tomarlos en consideración y
controlarlos.

2) En segundo lugar, los efectos negativos sobre el empleo han sido en
general más profundos en las empresas que no han introducido las
novedades tecnológicas (y que por tanto han perdido competitividad así
como una parte o todo el mercado) que en aquellas que, introduciendo
las nuevas tecnologías, han podido aumentar su nivel productivo
ganando agresividad para ampliar su parcela del mercado.

3) Finalmente, es necesario señalar los efectos positivos sobre el
empleo, dentro de un país, que se verifican a nivel sectorial debido
al grado en que su competitividad internacional resulta decisivamente
mejorada gracias a la innovación tecnológica.

Pese a estas puntualizaciones realizadas por los expertos, que
atenuarían la visión alarmista acerca de las consecuencias de la
innovación tecnológica sobre el paro laboral, se advierte que en
muchos países persiste el creciente desempleo y el sentido común de la
gente atribuye al progreso técnico una parte importante en la
responsabilidad por esa situación. La pregunta provocante es si las
pautas de empleo (jornada de trabajo) se han adaptado al crecimiento
tecnológico.

Confrontado al problema del desempleo en la gran crisis de los años
¹30, Keynes también había establecido en ese momento una relación
clara con el cambio tecnológico. En junio de 1930 señalaba: ³El
crecimiento de la eficiencia técnica ha tenido lugar más velozmente
que el de nuestra capacidad de manejar los problemas del trabajo.
Tenemos una nueva enfermedad, el desempleo tecnológico. En efecto,
ella significa que, a largo plazo, la humanidad está en vías de
resolver su problema económico. Dentro de un siglo el nivel de vida de
las naciones avanzadas será cuatro o cinco veces superior al
actual²...²Durante muchos años futuros, todo el mundo tendrá necesidad
de un trabajo para esta contento y satisfecho. Horarios de tres horas
por día y de 15 horas por semana podrán eliminar ese problema durante
mucho tiempo. ³(Emilio Fontela, ³Futuribles², Ginebra, abril 1993).

Así entonces, de acuerdo a Keynes, la cuestión a resolver no era
necesariamente la del desempleo sino más bien la de las horas
trabajadas y la de la organización institucional que mejor se asocia
con la actividad productiva del hombre en cada etapa del desarrollo
histórico.

La recesión, las políticas de ajuste, la acción sistemática dirigida a
frenar la demanda, inducen de forma natural a un aumento en las
decisiones orientadas a racionalizar el empleo. Y, a su vez, ellas no
hacen sino reforzar la disminución en la demanda de horas de trabajo
precisamente en un momento en que la baja coyuntural en los niveles de
actividad ya vienen engendrando desempleo.

Los países subdesarrollados, confrontados con el problema de la
competencia tecnológica con el Japón, los Estados Unidos y Europa, no
tienen otra salida que la del crecimiento acelerado y el estímulo a
las inversiones tendientes a expandir la producción. Pero la adopción
de políticas monetarias y presupuestarias de carácter restrictivo, al
acotar los planes de crecimiento e inversión, resulta difícilmente
compatible con una solución a mediano término del problema del
desempleo tecnológico como la keynesiana.

La realidad presente convierte en materia opinable a la posibilidad
que las profecías de Keynes pueden estar en vías de concretarse. Por
ahora, el mundo industrializado y los nuevos centros de
industrialización en Asia no llevan a cabo políticas de inspiración
keynesiana, sino un salvaje capitalismo. En consecuencia, las recaídas
en la enfermedad que Keynes había detectado (y pensaba que pondrían en
riesgo al sistema capitalista) son demasiado frecuentes y dolorosas.
Los médicos que la tratan, prefieren los tratamientos de shock, que no
llevan sino a un nuevo agravamiento del desempleo. En su cartilla no
está, evidentemente, la receta keynesiana.

Héctor Walter Valle 

Buenos Aires, 15 de agosto de 2001
------- End of forwarded message -------

Néstor Miguel Gorojovsky
gorojovsky at arnet.com.ar

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Compañeros del exercito de los Andes. 

...La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: 
sino tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos 
tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos 
vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mugeres, 
y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: 
seamos libres, y lo demás no importa nada...

Jose de San Martín, 27 de julio de 1819.

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