(Spanish) A Catholic physician against the World Bank and its neoliberal health plans

Nestor Miguel Gorojovsky Gorojovsky at SPAMarnet.com.ar
Fri Jan 19 05:28:56 MST 2001


Cdes. and friends,

A central piece of the offensive of De la Rúa against the working class is his
attack on the so-called "Obras Sociales", basically the health system
administered by the Unions since the very good centralized public health system
was systematically destroyed in Argentina after the mid-60s.  This answer of
the unions to the needs of their affiliates provided a good terrain for graft
and corruption of many of the union leaders, but at the same time offered a
fairly good service to the workers, who would otherwise been unable to pay for
them. The source of riches that this mass of services represents has long been
targeted by the multinational corporations of health and insurances, as well as
by reactionary politicians who try to diminish the importance of the unions in
our everyday life.

This will be a bone of contention during 2001, and is a part of the whole
attack against the unions that the government is waging (following the steps of
Alfonsín and Menem, not to speak of the different military-oligarchic
dictatorships after 1955, 1966 and 1976).

I append an article, written by a Catholic medical doctor, which appeared in a
very important newspaper of Córdoba, Argentina. The article is useful on many
fronts, because it is also an exponent of the general ideas of the union
leaders in Argentina today, and their criticisms to the capitalist system such
as it is. I sometimes believe there is a very short leap to give. But this leap
is, of course, terribly hard to be given.

Article follows:
OBRAS SOCIALES SINDICALES: MÁS QUE UNA CAJA. (Nota de
opinión del médico Jorge DallAglio, publicada en el
matutino “La Voz del Interior” de la ciudad de
Córdoba, en la edición del 18 de enero del actual).

“Existen dos grandes concepciones en el desarrollo de
la forma en que los hombres fueron dando respuesta a
la resolución de las contingencias propias de la
vida. Y ambas obedecen a las corrientes filosóficas
que han caracterizado la puja de la humanidad hasta
nuestros días.

Darwin y su teoría sobre la evolución de las
especies, dio respaldo científico al liberalismo
tanto económico como político, en la medida en que,
al sostener que la preservación de las especies se
fundaba en la preeminencia del más fuerte sobre el
más débil, justificaba que la parte supuestamente más
capacitada debía ser la depositaria de los destinos
del conjunto al que pertenecía, y que su selección
como tal se alcanzaba por la confrontación y la
competencia. En este marco, la unidad es el resultado
de la compulsión y la totalización se alcanza por
exclusión. La lógica de esta visión es el egoísmo
como motor del ordenamiento social y por el cual uno
hace por uno a expensas de los otros, convencido de
que está obrando a favor de los demás.

El resultado ha sido, en lo económico, un creciente
proceso de concentración de la propiedad, tanto de
las riquezas como del dinero y del conocimiento, con
su contrapartida de grandes sectores del pueblo
sumergido en la pobreza y la exclusión. En lo
político, con sistemas en los que la decisión se
concentra en las minorías y a las mayorías les queda
sólo el papel de meros convalidantes; y, en lo
social, la dádiva, que niega el derecho de los
hombres a su dignificación como personas,
institucionalizada mediante la beneficencia privada o
el asistencialismo del Estado.

Concepciones diferentes.
Por su parte, la concepción
cristiana de la vida se basa en que los mejores
desarrollos son en aquellas especies y experiencias
humanas en que se apeló a la colaboración social y al
apoyo como manera de resolución de los conflictos
propios de las formas concretas de la existencia.

En este marco conceptual, todas las partes son
importantes a la hora de la realización del conjunto
y tiene como presupuesto el reconocimiento de la
identidad de cada una de ellas a partir de
identificar la función que cumple en dicho conjunto.
La consecuencia es que la unidad es por integración y
la totalización por armonía y complementación de
intereses. Esta visión se basa en la solidaridad y el
resultado es, en la economía, la tendencia hacia la
propiedad distribuida; en lo social, propender a la
dignificación del hombre como expresión del derecho
elites sirven en su instrumentación y desarrollo.

El liberalismo tuvo una etapa en la que el capital
estaba prioritariamente comprometido con la
producción de bienes y, desde esta perspectiva, tenía
una relación interactuada con los pueblos, las
naciones y la naturaleza.

La concentración del capital, en la que se basa la
economía capitalista, era el resultado de la
consideración del trabajo como una mercancía sujeta,
como ellas, a la especulación del mercado, y que por
lo tanto hacía posible la apropiación de la
plusvalía. En estas circunstancias el hombre, en sí
mismo, adquiría un valor económico y por ello podía
ser marginado pero nunca excluido.

Por el contrario, dicho valor económico, fundado en
la necesidad de incrementar su capacidad productiva y
la puja desencadenada por los trabajadores por
participar de los beneficios del desarrollo material,
dieron lugar a las distintas etapas de los sistemas
de protección social, pasando desde la beneficencia
privada y el asistencialismo de Estado, al Estado
benefactor, solidario, en la medida en que los
modelos propendieron al pleno empleo.

Negativa mutación.
En las últimas décadas del siglo
20, el capitalismo sustituye su vocación productiva
por la especulación financiera, reemplazando al
“producto” por la “moneda” o más aún, con los avances
informáticos recientes, por meros “datos
electrónicos”. El resultado ha sido un capitalismo
parasitario que torna anémicos a los pueblos,
sumiéndolos en la condición de grandes masas de
excluidos residiendo en extensos páramos
territoriales.

Aquí ya no se trata de discutir si el trabajo es una
mercancía más o el medio de dignificación del hombre
en tanto se lo considera como obra humana e
instrumento de su realización como persona.
Directamente se trata de que deja de existir el
trabajo porque el principio capitalista de
acumulación se produce sin necesidad de participación
de la persona, ya que se basa en el principio de la
usura: hacer dinero desde el propio dinero.

El liberalismo deviene en neoliberalismo, que es la
expresión terminal de su crisis, al reconocer su
incapacidad ideológica de explicar y contener el
creciente protagonismo de los pueblos y por lo tanto,
aceptar que es su fin como motor de la historia.

En lo político, la democracia de los derechos cívicos
y la representatividad, da lugar a las formas
mafiosas de decisión; en lo económico, la actividad
productiva deja paso a las burbujas financieras que
obligan a los ajustes de la destrucción y la
degradación y, en lo social, se desanda el camino de
la cobertura social, desarticulando al Estado
benefactor, volviendo al Estado asistencialista y a
la misma beneficencia privada mientras subsista algún
pudor en los concentradores de riquezas.

El capital social del pueblo queda así sujeto a un
nuevo proceso de dualización por el que una gran
mayoría es destinataria del asistencialismo y la
beneficencia, mientras el resto es derivados a los
sistemas de capitalización individual a manos de los
seguros comerciales.

La salud en la Argentina.
En la Argentina y
especialmente en el campo de la salud, la seguridad
social se desarrolló sobre la base de la doctrina
nacional, fundada en la concepción cristiana de la
vida.

El trabajo es un derecho natural por el que el
individuo se dignifica y se realiza como persona y es
el ámbito de intereses permanentes que le permite
ejercitar su capacidad asociativa para resolver en
conjunto lo que excede su capacidad individual.

A su vez, su crecimiento en conciencia le permite
acceder a mayores grados de libertad, que será mera
retórica si a su vez no dispone de espacios
indispensables para su realización. Dichos espacios
pretendidos, constituyen el sentido de propiedad y
pertenencia.

Sólo cuando el hombre se siente propietario, pretende
ser partícipe, porque nadie participa  de lo que no se cree dueño.

Organizaciones en torno a intereses permanentes y
sentido de participación en función de la identidad y
la pertenencia confieren al pueblo el protagonismo
que le permite transformarse en categoría primera de
la construcción de su propio destino.

Obras Sociales Sindicales.
Las obras sociales
(especialmente las sindicales) son un ejemplo de esta
visión. Reconocen al trabajo como derecho natural; a
las ramas de actividad como eje asociativo; a los
aportes y contribuciones como salario diferido y, por
lo tanto, de propiedad de los beneficiarios; al
sindicato como organización libre en la que se delega
el ejercicio de dicha propiedad; a la afiliación
obligatoria a partir de los colectivos laborales como
forma de integración que garantiza conjuntos
solidarios con equilibrios autogenerados (el que gana
más con el que gana menos, al sano con el enfermo,
etcétera) y participación en la administración de sus
organizaciones, todo lo cual permitió conformar un
sistema inédito en el mundo que se lo puede
caracterizar como un modelo solidario comunitario de
autogestión.

Su concreción reconoce como antecedente, formas
espontáneas de asociación a través de mutuales y
cooperativas promovidas por el sindicalismo ante la
defección de un Estado que, luego de Ramón Carillo,
volvía a inspirarse en la salud como producto de la
dádiva antes que de un derecho. Esta acción
cristaliza en la sanción de la ley 18.610, de
creación de las obras sociales sindicales, canjeada
contra el levantamiento de un paro general decretado
por el movimiento obrero al gobierno de Juan Carlos
Onganía, en octubre de 1969.

¿Y cuál fue el resultado del advenimiento de las
obras sociales en la salud de los argentinos?

Luego de quince años (1955-1970) de no verificarse
modificaciones sustanciales en los indicadores de
salud, al cabo de los primeros 10 años (1970-1980) de
la vigencia del nuevo sistema de obras sociales, en
la medida en que las prestaciones cubiertas por la
seguridad social aumentó en un 300 por ciento, el
gasto per cápita se mantuvo y los índices de morbi-
mortalidad descendieron, como mínimo, en un 50 por
ciento.

Pocas veces un sistema sanitario obtuvo resultados
tan espectaculares, como también pocas veces la
maledicencia se encargó de ocultar una experiencia de
esta naturaleza que, en general, fue desarrollada a
contrapelo de gobiernos incapaces de asumirla e
integrarla en una visión de conjunto de la salud.

A 30 años de su existencia, las vicisitudes vividas
(además de sus dueños, fueron conducidas por
intervenciones militares y políticas) determinaron
desviaciones en sus principios, rémoras en su gestión
burocrática y especulaciones espurias que relegaron
sus objetivos fundantes.

La crisis del sistema.
Pero más allá de su
importancia, estos aspectos no constituyen de ninguna
manera la causa principal de la actual crisis del
sistema.

La causa se encuentra en el brutal desfinanciamiento
a que ha sido sometido el sector (entre 14 mil y 17
mil millones de pesos perdió en cinco años) al tiempo
que se exigía una máxima cobertura (PMO) prestacional
en el marco de una maraña normativa que más que
favorecer su desempeño, incrementó la confusión.

Este hecho se origina en el modelo económico propio
del capitalismo de especulación, y en tal sentido se
propone, primero, la apropiación del capital social,
para derivarlo al negocio financiero; y, segundo, la
desindicalización del sistema como forma de
desestructuración social del pueblo argentino.

Mirna Alexander, responsable del Banco Mundial para
América del Sur, declaró en 1998 que en cinco años
las obras sociales debían estar transformadas en
compañías de seguro.


La reconversión propuesta
por el Banco Mundial se compone de medidas
correctivas de presuntos defectos del sistema, de
inocente apariencia instrumental que, aplicadas en
todo su alcance, desnaturalizan el sistema solidario
y entronizan a las entidades comerciales
administradores de fondos de terceros, autorizadas
para usar el dinero destinado a cubrir salud, en el
negocio financiero.

Defender y mejorar el modelo argentino de seguridad
social, es más que “defender una caja” (la última
caja solidaria que nos queda); significa luchar por
una pauta cultural del pueblo argentino por la que a
pesar de la promoción y la propaganda de la “libre
opción” ha hecho que sólo un cinco por ciento de
afiliados al sistema decidieran cambiarse a otra obra
social que no fuera la de su sindicato, que no es
otra que la obra social de la que se siente dueño”.-



Néstor Miguel Gorojovsky
gorojovsky at arnet.com.ar





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