(Sp) "Leftist" pro-imperialism: The hidden meaning of de-Malvinization in Argentina

Les Schaffer schaffer at optonline.net
Tue May 1 15:41:33 MDT 2001


[ from Nestor ]

I am forwarding a very important contribution on imperialist ideology
among the petty bourgeois layers of the Argentinean formation. This
contribution is somehow linked with my recent exchange with Martin
Z. on the Garzón case.

Sorry don't have the time to do a reasonable translation.


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EL SIGNIFICADO OCULTO DE LA DESMALVINIZACION La evocación de la guerra
de Malvinas sigue despertando los más encontrados sentimientos. No
podría ser de otro modo. En torno a su significado giran algunas de
las diferencias más profundas que dividen a la sociedad argentina.  La
guerra en el Atlántico sur fue por su naturaleza, independientemente
de la voluntad de sus protagonistas, una guerra anticolonial. Esto es
por demás evidente, excepto para aquellos que aún desde aquí siguen
hablando de la invasión argentina a Malvinas o reducen a un solo
aspecto –la necesidad de la dictadura militar de encontrar una salida
al atolladero en que estaba metida- el significado de la
confrontación.  Por ser un conflicto derivado de un problema colonial,
los acontecimientos político-militares que se desencadenaron a partir
del 2 de abril de 1982 se inscribieron en un orden internacional
caracterizado por el antagonismo de fondo entre naciones dominantes y
países dominados.  El apoyo logístico-militar -decisivo para la suerte
de la contienda- que recibió Gran Bretaña por parte del imperialismo
norteamericano, así como la solidaridad del resto de los países de la
OTAN, por una parte, y el alineamiento de los gobiernos
latinoamericanos (con la excepción de la dictadura de Pinochet), en
defensa de la causa argentina, por la otra, hablan por sí mismos sobre
los intereses de fondo que estaban en juego.  Es indudable que la
dictadura militar buscó, a través del desembarco en las Islas, un
cambio radical en un cuadro de situación política nacional, cuyo
horizonte tendía a oscurecerse a medida que el programa puesto en
vigencia por Martínez de Hoz el 2 de abril de 1976 comenzaba a hacer
agua. Tampoco está en duda que la iniciativa militar se basó en un
grosero error de cálculo: creer que Washington se mantendría
equidistante y aún podría mediar en la disputa entre dos aliados
estratégicos. Por lo demás, los "estrategos" de la Junta Militar
tampoco tuvieron en cuenta que la guerra le presentó al gobierno
conservador inglés de Margaret Thatcher una brillante oportunidad para
unificar el frente interno y escapar a una situación de creciente
desprestigio político.  Nada de esto cambia el hecho cierto de que la
guerra se libró entre una nación imperialista y un país sometido a
condiciones de dependencia semicolonial.

Sin embargo, esta comprobación elemental no tiene valor alguno en las
consideraciones que en torno al conflicto formula la pequeña burguesía
antimilitarista. Una reciente nota publicada por Osvaldo Bayer en
Página 12 (*) resume con envidiable precisión todos los lugares
comunes del discurso desmalvinizador: "...el llamado Día de Malvinas,
cuando los argentinos, por orden oficial, festejaban uno de los peores
crímenes de la dictadura de Galtieri, aquel general borracho que se
sintió Benito Mussolini en el balcón de la Rosada". "... Día de la
traición a la República (...) con el olor nauseabundo por la diarrea
de Malvinas", etc., etc., etc.

La nota omite todo análisis respecto al significado de los
acontecimientos que se desencadenaron a partir del 2 de abril de 1982:
reduce administrativamente el origen del conflicto a un único aspecto:
"Aquel 2 de abril nefasto de 1982, el citado general argentino, cuando
el whisky le salía por los ojos, envió a jóvenes argentinos a la
muerte, porque le dio la gana, para huir hacia delante del fracaso
total de la dictadura de las tres fuerzas armadas".

Sin embargo, la mayor parte del escrito de Bayer no está destinado a
la guerra de Malvinas sino a recordar los crímenes de la dictadura. La
vinculación entre ambos acontecimientos no es casual. Prueba que a
casi veinte años de la guerra la operación política conocida como
desmalvinización, conserva toda su fuerza en los círculos más
recalcitrantes del liberalismo antimilitarista.

La desmalvinización fue una campaña propagandística organizada desde
las metrópolis victoriosas, con amplia repercusión entre la
intelligentzia antinacional y en amplias capas "progresistas" de la
sociedad semicolonial. Su orientación ha sido y sigue siendo
exactamente la misma que le da el imperialismo a su defensa de los
derechos humanos: desarmar ideológica y, por lo tanto, políticamente,
a los países que giran en la órbita de la dependencia. Tenía (y tiene)
por propósito convencer a la "opinión pública" de la periferia de que
un enfrentamiento a fondo con los países dominantes, es un verdadero
despropósito. En su momento la argumentación reprodujo los lugares
comunes conservadores, que enmascarados tras una suerte de "realismo
político", ya se habían escuchado ante cada propuesta de denunciar por
ilegítima la deuda externa contraída en época de la dictadura. En el
caso de la guerra de Malvinas, el razonamiento antibélico fue
perfeccionado, a veces, con la evocación del futuro sombrío que
hubiera aguardado a los argentinos si a causa de una victoria militar
la dictadura lograra consolidar su poder.  En definitiva, para los
desmalvinizadores la derrota se constituyó prácticamente en una
necesidad con vistas al desplazamiento de la dictadura militar y el
reestablecimiento del régimen democrático. Poco faltó para que los
invasores ingleses fueran reconocidos como verdaderos liberadores.

¿Qué ocurrió realmente?

Las consecuencias de la derrota militar no podían escapar al
significado de la guerra. La batalla de Malvinas fue ganada por el
imperialismo británico con el apoyo del imperialismo
norteamericano. Por lo tanto, su resultado no podía ser otro que el de
consolidar la condición dependiente del país derrotado. Dos décadas de
régimen constitucional y de una democracia de rasgos marcadamente
coloniales, caracterizada por la alternancia de gobiernos corruptos y
entreguistas, es una experiencia concluyente.

Por lo demás, es francamente idiota creer que una victoria militar
hubiera consolidado a la dictadura de Galtieri. Lo que los autores de
esa hipótesis apocalíptica (y tampoco la Junta de Comandantes)
entendieron nunca, es que no había posibilidad de ganar la guerra
contra Gran Bretaña, más Estados Unidos, más la OTAN, a menos de
imprimir a los acontecimientos un viraje de 180 grados y transformar
la contienda en un enfrentamiento antiimperialista. Y en ese caso la
victoria, que hubiera sido en primer término política, habría abierto
el camino a una solución militar favorable, en el marco de una nueva
relación de fuerzas en la que hubiera tenido un peso determinante la
solidaridad activa de los pueblos latinoamericanos. Pero para eso
Roberto Alemann no podía seguir siendo ministro de Economía, ni los
bienes del imperialismo británico en Argentina podían dejar de ser
incautados, ni la cúpula de los tres comandantes podía seguir
dirigiendo la guerra ni los destinos del país.  En efecto, se trataba
de romper estratégicamente con el imperialismo en el marco de una
movilización patriótica motorizada por los trabajadores y las grandes
masas populares. Sin embargo nada de esto ocurrió. El movimiento
obrero estaba desarticulado y cientos de sus mejores cuadros habían
caído victimas del terrorismo de Estado. A su vez la dirigencia de los
grandes partidos tradicionales, radicales y peronistas, se mantuvieron
inmóviles a la espera de que la derrota abriera el camino de las
elecciones. De esas viejas fuerzas, que en el mejor de los casos no
jugaron papel alguno durante la dictadura (y en el peor cubrieron los
cuadros medios del aparato administrativo estatal con cientos de
afiliados, especialmente en las provincias), surgió el alfonsismo
radical y la renovación peronista. La primera de esas corrientes fue
la expresión mas decidida de la desmalvinización y el pacifismo
pequeño burgués a comienzo de los 80` y, luego en el gobierno, al cabo
de un año de vacilaciones, terminó capitulando frente a las exigencias
de los grupos económicos locales y el capital extranjero. La otra
corriente, la renovación de Cafiero, Manzano, De la Sota y compañía,
impregnó al PJ de un democratismo liberal, anticipo del giro que el
conjunto de la dirigencia peronista daría en 1989.

Sin embargo ninguna de estas cuestiones merecen consideración alguna
para los partidarios de la desmalvinización. En la lógica de esta
operación simbólica, hablar de la guerra de Malvinas es hablar de los
crímenes de la dictadura. Es establecer una relación de equivalencia
entre Malvinas y terrorismo de Estado. Resulta significativo comprobar
en este caso hasta dónde llega el antimilitarismo pequeño burgués. La
construcción consistente en vincular la guerra a los crímenes más
aberrantes del gobierno militar oculta, objetivamente, la verdadera
equivalencia existente entre la dictadura del poder económico y el
terrorismo estatal.  Pasa por alto, sencillamente, la naturaleza
social de los siniestros acontecimientos que sucedieron al golpe de
Estado del 24 de marzo de 1976: el significado último de una política
de clase destinada a imponer a sangre y fuego una reconversión de la
sociedad argentina, punto de partida de un nuevo patrón de acumulación
del capital, sesgado decisivamente según los intereses de las
corporaciones monopólicas locales y los pulpos financieros
internacionales.

(*) _Página 12_ del 14 de abril del 2001






Néstor Miguel Gorojovsky
gorojovsky at arnet.com.ar





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