Forwarded from Nestor (Galeano on Rigoberta Menchú )

Louis Proyect lnp3 at panix.com
Wed May 2 07:46:57 MDT 2001


Disparen sobre Rigoberta

Eduardo Galeano

¿Guatemala? ¿Centroamérica? En el centro de América, está Kansas.

Guatemala no figura en el mapa de los medios masivos de comunicación, que
fabrican la opinión pública mundial. Sin embargo, oh milagro, una mujer
guatemalteca, Rigoberta Menchú, está ocupando, en estos últimos tiempos,
bastante espacio. No por lo que ella denuncia, desde el país que viene de
padecer la más larga y feroz matanza del siglo XX en las Américas:
Rigoberta no es la denunciante, sino la denunciada. Una vez más, como es
debido, las víctimas se sientan en el banquillo de los acusados.

Los gases de la infamia

Desde los Estados Unidos, faltaba más, se ha desatado esta nueva guerra
química de intoxicación masiva. La cosa empezó cuando un antropólogo
norteamericano consagró 10 años de su vida a la investigación de las
contradicciones de Rigoberta y la responsabilidad de la guerrilla en la
represión que los indígenas han sufrido. "Vino a Guatemala, a estudiarnos
como si fuéramos insectos", comenta el escritor Dante Liano: "En su libro
invoca testigos y archivos. ¿Qué archivos hay sobre la guerra reciente? ¿Le
abrió sus archivos el ejército?". Hace poco tiempo, el diputado Barrios
Klee intentó consultar esos archivos, y apareció con un tiro en la cabeza.
El obispo Juan Gerardi, que también lo había intentado, terminó con el
cráneo partido a golpes de piedra.

The New York Times dio difusión mundial al asunto. El diario confirmó y
publicó las conclusiones del antropólogo: el testimonio "Yo, Rigoberta
Menchú", publicado hace veintipico de años, contiene "inexactitudes y
falsedades". Por ejemplo, el hermano de Rigoberta, Patrocinio, no fue
quemado vivo: fue fusilado y arrojado a una fosa común. O, por ejemplo:
"Ella asistió, durante tres años, a un colegio privado", lo que suena a
internado suizo, pero se refiere a una escuelita de Chichicastenango Y así
por el estilo, otros pelos en la leche.

Cortina de humo

A partir de allí, ardió, en reguero internacional, la pólvora. Súbitamente,
se han multiplicado las voces que hablan de escándalo, que llaman mentirosa
a Rigoberta y que, de paso cañazo, desautorizan al movimiento de
resistencia indígena que ella expresa y simboliza. Con sospechosa
celeridad, se está elevando una cortina de humo ante 40 años de tragedia en
Guatemala, mágicamente reducidos a la provocación guerrillera y a los líos
de familia, esas "cosas de indios".

No tuvo la misma repercusión, por cierto, el voluminoso y documentado
informe de la Iglesia, elaborado por la comisión que el obispo Gerardi
presidió, y que fue difundido el año pasado, dos días antes de su
asesinato. Miles de testimonios, recogidos en todo el país, fueron juntando
los pedacitos de la memoria del dolor: 150 mil guatemaltecos muertos, 150
mil desaparecidos, un millón de exiliados y refugiados, 200 mil huérfanos,
40 mil viudas. Nueve de cada 10 víctimas eran civiles desarmados, en su
mayoría indígenas; y en ocho de cada 10 casos, la responsabilidad era del
ejército o de sus bandas paramilitares. El informe habla de la
responsabilidad directa, la responsabilidad de los títeres pagados. Sobre
la otra, la de los titiriteros pagantes, bien valdría la pena que los
Estados Unidos enviaran a todos sus antropólogos, y The New York Times
movilizara a su cuerpo entero de redacción, para investigar el asunto.

Pero el Pentágono y la Casa Blanca bien pueden silbar y mirar para otro
lado: los norteamericanos no tienen la más puta idea de dónde queda este
país, Guatemala, de nombre pintoresco y difícil de pronunciar.

El Nobel y ella

La campaña contra Rigoberta llegó hasta Oslo. Ya hay quienes exigen que
devuelva el Nobel, o que se lo quiten. El premio está dado y bien dado,
ratificó el Comité noruego: "Los detalles invocados no son esenciales",
declaró su vocero.

Bueno fuera. El Nobel de la Paz, que Rigoberta ganó en el 92, no sólo fue
la única conmemoración decente y justa de los 500 años de eso que llaman
Descubrimiento de América, sino que, además, resultó un buen plumerazo para
un premio que necesitaba una limpieza. El Premio Nobel de la Paz venía
cargando mucha mugre desde 1906, cuando se lo dieron a Teddy Roosevelt,
quien a los cuatro vientos proclamaba que la guerra purifica a los hombres,
y más sucio fue quedando, con el paso del tiempo, cuando fue recibido por
otros jefes guerreros, como, por ejemplo, Henry Kissinger, quien debe al
mundo muchas muertes y ha sido el papá de Pinochet y otros monstruitos.
Patas arriba: el mundo al revés discute ahora si Rigoberta merecía ese
premio, en lugar de discutir si ese premio la merecía.

El país y ella

Los indígenas son mayoría en Guatemala. Pero la minoría dominante los
trata, en dictadura o en democracia, como Africa del Sur trataba a los
negros en tiempos del apartheid. De cada seis guatemaltecos adultos, sólo
uno vota: los indios son buenos para atraer turistas, para recoger las
cosechas de algodón y de café, y para servir de bestias de carga a la
economía nacional y de blanco de tiro al ejército. "Pareces indio", dicen
los mandones, que se creen blancos, a los hijos que se portan mal. Esa
"sociedad guatemalteca" recibió al noticia del Nobel como un balde de agua
fría. "India relamida", llaman a Rigoberta, desde entonces, las voces del
despecho, y también: "india igualada". Y ahora: "india mentirosa". Ella se
ha salido de su lugar, y eso ofende. Que Rigoberta fuera india y mujer,
vaya y pase, y allá ella con su doble desgracia. Pero esta mujer india
resultó rebelde, imperdonable insolencia, y para colmo cometió luego la
barbaridad de convertirse en uno de los símbolos universales de la dignidad
humana. A los poderosos de Guatemala y del mundo, este desafío no les gusta
ni un poquito.

El tiempo y ella  Rigoberta viene de una familia aniquilada, de una aldea
arrasada, de una memoria quemada. Ella ha pasado los primeros 20 años de su
vida cerrando los ojos de los muertos que le han abierto los ojos. El
escritor vasco Bernardo Atxaga le preguntó: -¿Cómo puedes ser tan
jodidamente alegre? -El tiempo -respondió-. Desde chiquitos, nos educan
para entender el tiempo como tiempo que no termina nunca, aunque el
tránsito por el mundo sea muy corto. Está escrito en uno de los libros
sagrados: -¿Qué es una persona en el camino? Tiempo. Rigoberta es hija del
tiempo. Como todos los mayas, ha sido tejida por los hilos del tiempo. Y
ella suele decir: - El tiempo teje despacio.

A la larga, lentamente, el tiempo decidirá qué es lo que vale la pena
recordar de todo esto. El paso de los días y de los años irá separando la
paja del grano. Quizás el tiempo olvide que Rigoberta Menchú recibió un
Premio Nobel, pero seguramente el tiempo no olvidará que ella recibe, cada
día, en las sierras indígenas de Guatemala y en tantos otros lugares, un
premio mucho más importante que todos los nóbeles: el amor de los
indignados y el odio de los indignos.

Quienes apedrean a Rigoberta, ignoran que la están elogiando. Al fin y al
cabo, como bien dice el viejo proverbio, son los árboles que dan frutos los
que reciben las pedradas. 

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Lic. Néstor M. Gorojovsky 


Louis Proyect
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