(Spa) Michael Lowy - Barbarie y Modernidad en el Siglo XX

Gorojovsky Gorojovsky at arnet.com.ar
Sat Sep 22 16:21:21 MDT 2001


Sorry not to have the time for a translation. A superior text, very apt for these days.
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Michael Lowy

Forum Social Mundial
16 de septiembre del 2001

La palabra "bárbaro" es de origen griego. Ella designaba, en la Antigüedad, a
las naciones no-griegas, consideradas primitivas, incultas, atrasadas y
violentas. La oposición entre civilización y barbarie es, entonces, antigua. La
misma encuentra una nueva legitimidad en la filosofía de los iluministas y será
heredada por la izquierda. El término "barbarie" tiene, según el diccionario,
dos significados distintos, pero relacionados: "falta de civilización" y
"crueldad del bárbaro". La historia del siglo XX nos obliga a disociar esas dos
acepciones y a reflexionar sobre el concepto -aparentemente contradictorio, más
de hecho perfectamente coherente - de "barbarie civilizada".

¿En qué consiste el "proceso civilizatorio"?. Como bien demostró Norberto
Elias, uno de sus aspectos más importantes es que la violencia no es ejercida de
manera espontánea, irracional y emocional por los individuos, pero es
monopolizada y centralizada por el Estado, más precisamente por las Fuerzas
Armadas y la policía. Gracias al proceso civilizador, las emociones son
controladas, el camino de la sociedad es pacificado y la coerción física queda
concentrada en las manos del poder político. Lo que Elias parece no haber
percibido es el reverso de esa brillante moneda: el formidable potencial de
violencia acumulado por el Estado...Inspirado por una filosofía optimista del
progreso, todavía podía escribir en 1939: "comparada con el furor del combate
abisinio (...)o de aquellas tribus de la época de las grandes migraciones, la
agresividad de las naciones más belicosas del mundo civilizado parece moderada
(...), ella sólo se manifiesta en su fuerza brutal y sin límites en sueños y en
algunos fenómenos que nosotros calificamos de "patológicos".

Algunos meses después de que esas líneas fueran escritas, comenzaba una
guerra entre naciones "civilizadas" cuya "fuerza brutal y sin límites" es
simplemente imposible de comparar con el pobre "furor" de los combatientes
etíopes, tamaña es la desproporción. El lado siniestro del "proceso
civilizador" y de la monopolización estatal de la violencia se manifestó en toda
su terrible potencia.

Si nos referimos al segundo sentido de la palabra "bárbaro" -actos crueles,
inhumanos, la producción deliberada de sufrimiento y de muerte deliberada de
no-combatientes (en particular, niños)- ningún siglo de la historia conoce
manifestaciones de barbarie tan extensas, tan masivas y tan sistemáticas como el
siglo XX. Ciertamente, la historia humana es rica en actos de barbarie,
cometidos tanto por las naciones "civilizadas" como por las tribus "salvajes".
La historia moderna, después de la conquista de América, parece una sucesión de
actos de ese género: la masacre de indígenas americanos, el tráfico de negros,
las guerras coloniales.

Se trata de una barbarie "civilizada", esto es, conducida por los imperios
coloniales económicamente más avanzados cumulación del capital.

En El Capital Karl Marx era uno de los críticos más feroces de esos tipos de
prácticas maléficas y destructoras de la modernidad, que para él están asociadas
a las necesidades de a., especialmente en el capítulo sobre la acumulación
primitiva, se encuentra una crítica radical de los horrores de la expansión
colonial: la esclavitud o el exterminio de los indígenas, las guerras de
conquista o el tráfico de negros. Esas "barbaries y atrocidades execrables" -que
según Marx (citado de modo favorable por M. W. Howitt?), no tienen paralelo en
cualquier otra era de la historia universal, en ninguna raza por más salvaje,
grosera , impiadosa y sin pudor que ella haya sido" -no fueron simplemente
interpretadas como ganancias y pérdidas del progreso histórico, sino debidamente
denunciadas como una "infamia".(3). Considerando algunas de las manifestaciones
más siniestras del capitalismo, como las leyes de los pobres o los worhouses -
esas "fortalezas de obreros"-, Marx escribe en 1847 este pasaje sorprendente y
profético, que parece anunciar a la Escuela de Frankfurt: "La barbarie
reaparece, pero esta vez ella es engendrada en el propio seno de la civilización
y es parte integrante de ella. Es una barbarie leprosa, la barbarie como la
lepra de la civilización". (4)

Pero con el siglo XX, un límite es transgredido y se pasa a un nivel
superior, la diferencia es cualitativa. Se trata de una barbarie
específicamente moderna, del punto de vista de su etos, de su ideología, de sus
medios y su estructura. Más adelante volveremos a ese punto.

La Primera Guerra Mundial inauguró esa nueva fase de barbarie civilizada. Dos
autores, los primeros, dieron la señal de alarma en 1914: Rosa Luxemburgo y
Franz Kafka. A pesar de sus evidentes diferencias, tienen en común el hecho de a
haber tenido la intuición -cada uno a su manera- de que en el curso de aquella
guerra estaba por constituirse algo sin precedentes.

Al usar una frase del orden "socialismo o barbarie", Rosa Luxemburgo en La
crisis de la socialdemocracia , en 1915 (firmada con el seudónimo "Junius"),
rompe con la concepción -de origen burguesa pero adoptada por la Segunda
Internacional- de la historia como progreso irresistible, inevitable,
"garantizado" por leyes "objetivas" del desenvolvimiento económico o de la
evolución social. Esta frase está sugerida en ciertos textos de Marx o de
Engels, pero es Rosa Luxemburgo quien le da esa formulación explícita y
elaborada que implica una percepción de la historia como un proceso abierto,
como una serie de "bifurcaciones" donde el "factor subjetivo" -conciencia,
organización, iniciativa- de los orpimidos se tornan decisivos.

No se trata más de esperar que el fruto "madure", según las "leyes
naturales" de la economía o de la historia, sino de actuar antes de que sea
demasiado tarde.

Porque el otro término de la alternativa es un siniestro peligro: la
barbarie. En un primer momento ella parece considerar una "recaída en la
barbarie" como "la aniquilación de la civilización", una decadencia análoga a
aquella de la Roma antigua (5). Pero luego se da cuenta de que no se trata de un
"regresión" imposible a un pasado tribal, primitivo o "salvaje", sino más bien
de una barbarie eminentemente moderna, de la cual la Primera Guerra Mundial
brinda un ejemplo sorprendente, mucho peor en su asesina inhumanidad que las
prácticas guerreras de los conquistadores "bárbaros" de fines del Imperio
Romano. Jamás en el pasado tecnologías tan modernas -los tanques, los gases
tóxicos, la aviación militar- habían sido colocados al servicio de una política
imperialista de masacre y agresión en una escala tan inmensa.

Las intuiciones de Kafka son de una naturaleza totalmente diferente. Es bajo una
forma literaria e imaginaria como él describe la nueva barbarie. Se trata de una
novela titulada La colonia penal : en una colonia francesa, un soldado
"indígena" es condenado a muerte por oficiales cuya doctrina jurídica resume en
pocas palabras la quintaesencia de lo arbitrario: "la culpabilidad no debe ser
jamás colocada en duda!". Su ejecución debe ser llevada a cabo por una máquina
de tortura que escribe lentamente sobre su cuerpo con agujas que lo atraviesan
la frase "Honra a tus superiores".

El personaje central de la novela no es un viajero que observa los
acontecimientos con una hostilidad muda, ni el prisionero que no reacciona de
ninguna forma, ni el oficial que preside la ejecución, ni el comandante de la
colonia. Es la misma máquina.

Todo el relato gira en torno de ese siniestro aparato (Apparat), que parece más
y más, en el curso de la detallada explicación que el oficial brinda al viajero,
como un fin en sí mismo. El aparato no está allí para ejecutar al hombre sino al
contrario, el hombre está para la máquina, para proporcionarle un cuerpo sobre
el cual ella pueda escribir su estética obra maestra, su sangrienta inscripción
ilustrada con "muchos adornos floridos". El oficial mismo es apenas un servidor
de la Máquina y, finalmente, él también se sacrifica a ese insaciable Moloch
(6).

En qué "máquina de poder" bárbara, en que "aparato de autoridad"
sacrificador de vidas humanas pensaba Kafka?. La colonia penal fue escrita en
octubre de 1914, tres meses después de la eclosión de la gran guerra. Hay pocos
textos en la literatura universal que presentan de manera tan penetrante la
lógica mortífera de la barbarie moderna como un mecanismo impersonal.

Esos presentimientos parecen perderse en los años de pos-guerra. Walter
Benjamin es uno de esos raros pensadores marxistas que entiende que el
progreso técnico e industrial puede ser portador de catástrofes sin
precedentes. De ahí su pesimismo -no fatalista, pero sí activo y
revolucionario. En un artículo de 1929 él definía la política revolucionaria
como "la organización del pesimismo" -un pesimismo en todas las líneas:
desconfianza en cuanto al destino de la libertad, desconfianza en cuanto al
destino del pueblo europeo. Y añade irónicamente: "confianza ilimitada solamente
en IG Farben y en el perfeccionamiento pacífico de la Luftwaffe" (7). Ahora
bien, el mismo Benjamin, el más pesimista de todos, no podía adivinar hasta que
punto esas dos instituciones iban a mostrar, algunos años más tarde, la
capacidad maléfica y destructiva de la modernidad (8).

Se puede definir como propiamente moderna la barbarie que presenta las
siguientes cracterísticas:
Utilización de medios técnicos modernos. Industrialización del homicidio.

Exterminación en masa gracias a tecnologías científicas de punta.

Impersonalidad de la masacre. Poblaciones enteras -hombre y mujeres, niños y
ancianos- son "eliminados" con el menor contacto personal posible entre quien es
el que toma la decisión y las víctimas.

Gestión burocrática, administrativa, eficaz, planificada, "racional" (en
términos instrumentales) de los actos de barbarie.

Ideología legitimadora de tipo moderno: "biológica", "higiénica",
"científica" (no religiosa ni tradicionalista).
Todos los crímenes contra la humanidad, genocidios y masacres del siglo XX no
son modernos en el mismo grado: el genocidio de los armenios en 1915, el llevado
a cabo por Pol Pot en Camboya, aquel de los tutsis en Ruanda, etc., asocian,
cada uno de manera específica, características modernas y arcaicas.

Las cuatro masacres que encarnan de manera más acabada la modernidad de la
barbarie son el genocidio nazi contra los judíos y los gitanos, la bomba
atómica en Hiroshima, el Goulag estanilista y la guerra norteamericana en
Vietnam: Los dos primeros son probablemente los más integralmente modernos: la
cámara de gas de los nazis y la muerte atómica norteamericana contienen
prácticamente todos los ingredientes da la barbarie tecno-burocrática moderna.

Auschwitz representa la modernidad no solamente por su estructura de fábrica de
muerte, científicamente organizada y que utiliza las técnicas más eficaces: el
genocidio de judíos y gitanos es también, como observa el sociólogo Zygmunt
Bauman, un producto típico de la cultural racional burocrática, que elimina de
las gestión administrativa toda interferencia moral. Es, desde este punto de
vista, uno de los posibles resultados del proceso civilizador en cuanto a
racionalización y centralización de la violencia y como producto social de
indiferencia moral. "Como toda otra acción conducida de manera moderna
-racional, planificada, científicamente informada, dirigida de forma eficaz y
coordinada -el Holocausto dejó atrás todos sus pretendidos equivalentes
premodernos, revelándolos en comparación como primitivos, antieconómicos e
ineficaces(...) Se eleva muy por encima de los episodios de genocidios del
pasado, de la misma forma que la fábrica industrial moderna está bien por encima
de la oficina artesanal"... (9)

La ideología legitimadora del genocidio es también de tipo moderno,
pseudo-científico, biológico, antropométrico, eugenista. La utilización
obsesiva de fórmulas pseudo-médicas es la característica del discurso
anti-semita de los dirigentes nazis, lo cual puede ser notado en sus
conversaciones privadas. En una carta a Himmler en 1942, Adolf Hitler
insistía: "La batalla en la cual estamos comprometidos hoy es del mismo tipo que
la batalla liderada en el siglo pasado por Pasteur y Koch. Cuantas dolencias
tuvieron su origen en el virus judío...Nosotros no encontraremos nuestra salud
sin eliminar a los judíos". (10)

En su notable ensyo sobre Auschwitz (11), Enzo Traverso destaca, con
palabras sobrias, precisas y lúcidas, el contexto del genocidio. No se trata ni
de una simple "resistencia irracional a la modernización", ni de un residuo de
antigua barbarie, sino de una manifestación patológica de la modernidad, del
rostro escondido, infernal, de la civilización occidental, de una barbarie
industrial, tecnológica, "racional" (del punto de vista instrumental). Tanto la
motivación decisiva del genocidio -una biología racial- como sus formas de
realización -las cámaras de gas- eran perfectamente modernas. Si la racionalidad
instrumental no basta para explicar Auschwitz, ella es su condición necesaria e
indispensable. En los medios de exterminio nazis se encuentra una combinación de
diferentes instituciones típicas de la modernidad: al mismo tiempo, la prisión
descripta por Foucalt, la fábrica capitalista de la cual hablaba Marx, "la
organización científica del trabajo", de Taylor, la administración
racional/burocrática según Max Weber.

Este último había intuído, de manera muy convincente, la transformación de la
razón occidental en fuerza destructiva. Su análisis de la burocracia como
máquina "deshumanizada", impersonal, sin amor ni pasión, indiferente a todo
aquello que no es su tarea jerárquica es esencial para comprender la lógica
reificada de los campos de la muerte.

Eso vale también para la fábrica capitalista, que estaba presente en
Auschwitz, al mismo tiempo que en las oficinas de trabajo esclavo de la
empresa IG Farben y en las cámaras de gas, lugares de producción de
asesinados "en cadena". Pero la "solución final" es irreductible a toda
lógica económica: la muerte no es ni una mercancía, ni una fuente de lucro.

Traverso critica, de manera muy convincente, las
interpretaciones -inspiradas, en un grado u otro, por la ideología del
progreso- del nazismo y del genocidio como producto de la historia del
irracionalismo alemán (George Luckás), de una "salida" de Alemania por fuera de
la cuna occidental (Jürgen Habermas) o de un movimiento de "descivilización"
(Entzivilisierung) inspirado por una ideología "pre-industrial" (Norbert Elias).
Si el proceso civilizatorio significa, ante todo, la monopolización por el
estado de la violencia -como lo muestran, después de Hobbes, tanto Weber como
Elias- es necesario reconocer que la violencia del estado está en el origen de
todos los genocidios del siglo XX. Auschwitz no representa una "regresión" en
dirección al pasado, a una edad bárbara primordial, pero es realmente uno de las
caras posibles de la civilización industrial occidental. Constituye al mismo
tiempo una ruptura con la herencia humanista e universalista de los Iluministas
y un ejemplo terrible de las potencialidades negativas y destructivas de nuestra
civilización.

Si el exterminio de los judíos por el Tercer Reich es comparable con otros
actos bárbaros, no por eso deja de ser un evento singular. Es necesario
rechazar las interpretaciones que eliminan las diferencias entre Auschwitz y los
campos soviéticos, o las masacres coloniales, o los progroms, etc. (12). El
crimen de guerra que tiene más afinidades con Auschwitz es Hiroshima, como
comprendieron tan bien Günther Anders y Dwight MacDonald: en los dos casos se
delega la tarea a una máquina de muerte formidablemente moderna, tecnológica y
"racional". Pero las diferencias son fundamentales. Inicialmente, las
autoridades americanas no tuvieron jamás como objetivo - como aquellas del
Tercer Reich- realizar el genocidio de toda una población: en el caso de las
ciudades japonesas, la masacre no era, como en los campos nazis, un fin en sí
mismo, sino un simple "medio" para alcanzar objetivos políticos.El objetivo de
la bomba atómica no era el exterminio de la población japonesa como fin
autónomo. Se trataba, sobre todo, de acelerar el fin de la guerra y demostrar la
supremacía militar norteamericana frente a la Unión Soviética. En un informe
secreto de mayo de 1945 al presidente Truman, el Target Comittee - o "Comité
Blanco", compuesto por los generales Groves, Norstadt y el matemático Von Neuman
- observa fríamente: "La muerte y la destrucción no solamente intimidarán a los
japoneses sobrevivientes y los presionarán para aceptar la capitulación, sino
también (como una ganancia extra) asustarán a la Unión Soviética.

En síntesis, América podría terminar más rápidamente la guerra y, al mismo
tiempo, ayudar a moldear el mundo de posguerra" (13).

Para obtener esos objetivos políticos, la ciencia y la tecnología más
avanzada fueron utilizadas en centenares de miles de civiles inocentes;
hombres, mujeres y niños fueron masacrados -sin hablar de la contaminación por
las radiaciones nucleares de las generaciones futuras.

Otra diferencia con Auschwitz es, sin duda, un número muy inferior de
víctimas. Pero la comparación de las dos formas de barbarie
burocrática-militar es muy pertinente. Los propios dirigentes americanos
eran concientes del paralelo con los crímenes nazis: en una conversación con
Truman el día 6 de junio de 1945, el secretario de Estado, Stimson, relataba sus
sentimientos: "Le dije a Truman que estaba inquieto con ese aspecto de la
guerra...porque yo no quería que los americanos ganaran la reputación de
sobrepasar a Hitler en atrocidades" (14).

En muchos aspectos, Hiroshima representa un nivel superior de modernidad,
tanto por la novedad científica y tecnológica representada por la bomba
atómica, como por el carácter todavía más lejano, impersonal, puramente
"técnico" del acto exterminador: presionar un botón, abrir la escotilla que
libera la carga nuclear. En el contexto particular y aséptico de muerte atómica
entregada por vía aérea, se dejó atrás ciertas formas manifiestamente arcaicas
del Tercer Reich, como las explosiones de crueldad, el sadismo y la furia
asesina de los oficiales de la SS. Esa modernidad se encuentra en la cúpula
norteamericana que toma - después de haber pesado cuidadosa y "racionalmente"
los pros y las contras- la decisión de exterminar la población de Hiroshima y
Nagasaki: un organigrama burocrático complejo compuesto por científicos,
generales, técnicos, funcionarios y políticos tan grises como Harry Truman, en
contraste con los accesos de odio irracional de Adolf Hitler y sus fanáticos.

En el curso de los debates que precedieron a la decisión de lanzar la bomba,
ciertos oficiales, como el general Marshall, manifestaron sus reservas, en la
medida en que ellos defendían el antiguo código militar, o sea una concepción
tradicional de la guerra que no admitía la masacre intencional de civiles. Estos
oficiales fueron derrotados por un nuevo punto de vista, más "moderno",
fascinado por la novedad científica y técnica del arma atómica, un punto de
vista que no tenía nada que ver con códigos militares arcaicos y que no se
interesaba sino por el cálculo de ganancias y pérdidas, esto es, en criterios de
eficacia política-militar (15) Sería necesario agregar que un cierto número de
científicos que habían participado, por convicción anti-fascista, en los
trabajos de preparación del arma atómica, protestaron contra la utilización de
sus descubrimientos contra la población civil de las ciudades japonesas.

Una palabra sobre el Gulag estanilista: si bien tiene mucho en común con
Auschwitz - campos de concentración, régimen totalitario, millones de
víctimas - se distingue por el hecho de que el objetivo de los campos
soviéticos no era el exterminio de los prisioneros sino su explotación
brutal como fuerza de trabajo esclava. En otras palabras: se puede comparar
Kolyma y Buchenwald, pero no Goulag y Treblinka. Ninguna contabilidad macabra
-como aquella fabricada por Stéphane Courtios y otros anticomunistas
profesionales - puede negar esa diferencia.

El Gulag era una forma de barbarie moderna en la medida en que era
burocráticamente administrado por un Estado totalitario y colocado al
servicio de proyectos estanilistas faraónicos de "modernización" económica de la
Unión Soviética. Pero se caracteriza también por trazos más "primitivos":
corrupción, ineficacia, arbitrariedad, "irracionalidad". Por esa razón se sitúa
en un grado de modernidad inferior al sistema de campos de concentración del
Tercer Reich.

En fin, la guerra americana en Vietnam, el atroz número de víctimas
exterminadas por los bombardeos, el napalm o las ejecuciones colectivas
constituye, en varios aspectos, una interveción extremadamente moderna:
fundada sobre una planificación "racional" -con la utilización de
computadoras y de un ejército de especialistas- moviliza un armamente muy
sofisticado, usando tecnología de punta del progreso técnico de los años
60-70: napalm, herbicidas, bombas de fragmentación, etc. (16).

Esa guerra no fue un conflicto colonial como los otros: basta recordar que la
cantidad de bombas y explosivos lanzados sobre el Vietnam fue superior a la
utilizada por todos los beligerantes durante la Segunda Guerra Mundial!. Como en
el caso de Hiroshima, la masacre no era un objetivo en sí, sino un medio
político y si bien la cifra de muertos es muy superior a la de las dos ciudades
japonesas, no se encuentra en Vietnam aquella perfección de modernidad técnica e
impersonal, aquella abstracción científica de la muerte que caracteriza a la
muerte atómica(17).

La naturaleza contradictoria del "progreso" y de la "civilización" moderna se
encuentra en el corazón de las reflexiones de la Escuela de Frankfurt.

En la Dialéctica del Iluminismo (1944), Adorno y Horkheimer constatan la
tendencia de la racionalidad instrumental de transformarse en locura
asesina: la "luminosidad helada" de la razón proyectista "acarrea la
simiente de la barbarie".

En una nota redactada en 1945 para Minima Moralia, Adorno utiliza la
expresión "progreso regresivo" tratando de dar cuenta de la naturaleza
paradojal de la civilización moderna (18).

Entretanto, esas expresiones también son tributarias, a pesar de todo, de la
filosofía del progreso. En verdad, Auschwitz e Hiroshima no constituyen para
nada una "regresión a la barbarie" - o por lo mismo una "regresión": no hay nada
en el pasado que sea comparable a la producción industrial, científica, anónima
y racionalmente administrada de la muerte en nuestra época. Basta comparar
Auschwitz e Hiroshima con las prácticas guerreras de las tribus bárbaras del
siglo IV para darse cuenta de que no tienen nada en común: la diferencia no es
solamente de escala, sino de naturaleza. ¿Es posible comparar las prácticas más
"feroces" de los "salvajes" -muerte ritual del prisionera de guerra,
canibalismo, reducción de cabezas, etc. -con una cámara de gas o una bomba
atómica?. Son fenómenos enteramente nuevos, que no serían posibles fuera del
siglo XX.

Las atrocidades en masa, tecnológicamente perfeccionadas y burocráticamente
organizadas, pertenecen únicamente a nuestra civilización industrial avanzada.
Auschwitz e Hiroshima no constituyen "regresiones": son crímenes irremediable y
exclusivamente modernos.

Existe entretanto un dominio específico de "barbarie civilizada" en la que se
puede efectivamente hablar de regresión: se trata de la tortura. Como destaca
Eric Hobsbawn en su admirable ensayo de 1994, "Barbarie: una guía para el
usuario": "A partir de 1782 la tortura fue formalmente eliminada del
procedimiento judicial de los países civilizados. En teoría, no era más tolerada
en los aparatos coercitivos del Estado. Un preconcepto contra esa práctica era
tan fuerte que la misma no podría retornar después de la derrota de la
Revolución Francesa que la había abolido (...) Se puede sospechar que en los
reductos de la barbarie tradicional que resisten al progreso moral -por ejemplo
las prisiones militares u otras instituciones análogas- la tortura de hecho no
desapareció..." Ahora, en el siglo XX, bajo el fascismo o el estalinismo, las
guerras coloniales -Argelia, Irlanda, etc.- y en las dictaduras
latinoamericanas, la tortura es empleada de nuevo a gran escala (19).

Los métodos son diferentes -la electricidad substituye el fuego y los
torniquetes- pero la tortura de prisioneros políticos se tornó en el curso del
siglo XX, en una práctica rutinaria -e igualmente oficial - de regímenes
totalitarios, dictatoriales y también, en ciertos casos (las guerras
coloniales), "democráticos".

En ese caso el término "regresión" es pertinente, en la medida en que la
tortura era practicada en innumerables sociedades pre-modernas, y también en
Europa en la Edad Media durante el siglo XVIII. Una metodología bárbara que el
proceso civilizador parecía haber suprimido en el curso del siglo XIX retornó en
el XX, bajo una forma más moderna -desde el punto de vista de las técnicas-,
pero no menos inhumana.

Considerar la barbarie moderna del siglo XX exige el abandono de la
ideología del progreso lineal. Eso no quiere decir que el progreso técnico y
científico sea intrínsecamente portador de maleficios -ni tampoco lo inverso.
Simplemente, la barbarie es una de las manifestaciones posibles de la
civilización industrial/capitalista moderna -o de su copia "socialista"
burocrática.

Tampoco se trata de reducir la historia del siglo XX a sus momentos de
barbarie: esa historia conoce también la esperanza, las sublevaciones de los
oprimidos, las solidaridades internacionales, los combates revolucionarios:
México, 1914; Petrogrado, 1917; Budapest, 1919; Barcelona, 1936; París, 1944;
Budapest, 1956; La Habana, 1961; París, 1968; Lisboa, 1974; Managua, 1979;
Chiapas, 1994; fueron algunos de los momentos fuertes -y también efímeros- de
esa dimensión emancipadora del siglo. Ellos constituyen preciosos puntos de
apoyo para la lucha de las generaciones futuras por una sociedad humana y
solidaria.


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Traducción Elena Raimondi, colaboración María Elena Saludas

Michael LÖWY, brasileño y sociólogo, investigador del Consejo Nacional de
Investigación Científica (CNRS) de Francia y autor, entre otros, de
Sublevación de Melancolía: el romanticismo de contramano con la modernidad.

Notas

(1) Norbert Elias, La Dynamyque de l´Occident, Paris, Calmann-Lévy, 1975, pp.
181-190. Una referencia al combate abisinio suena extraña en el momento en que
Etiopía combatía por su libertad contra la invasión colonial del fascismo
italiana, portador de una pretendida misión "civilizadora".

(2) Norbert Elias, La civilisation des moeurs, Paris, Calmann-Lèvy, 1973,
p.280.

(3) Marx, Le Capital, vol. I, p.557-558,563

(4) Marx, "Arbeitslohn", 1847, Kleine Ökonomische Schriften, Berlin, Dietz
Verlag, 1955, p.245

(5) R. Luxemburgo, A crise da social-democracia, 1915.

(6) Kafka, "In del Strafkolonie", Erzählung und kleine Prosa, N. York,
Schocken Books, 1946, pp. 181-113.

(7) W. Benjamin, "O surrealismo. O último instante de inteligência
européia", 1929. Mythe et violence, Paris, Letras Novas, 1971, p.312.

(8) Recordemos que el gran trust químico IG Farben no solamente utilizó mano de
obra esclava en Auschwitz sino que también produjo el gas Zyklotron B, que
servía para exterminar las víctimas de los campos de concentración nazis.

(9) Zygmut Bauman, Modernity and the Holocaust, London, Polity Press, 1989,
p.15,28

(10) Citado por Zygmunt Bauman, op.cit,p.71.

(11) Enzo Traverso, L'Histoire dèchirèe. Essai sur Auschwitz et les
intellectuels, Paris, Cerf. 1997

(12) Sobre ese asunto, remito a la excelente contribución de Enzo Traverso "La
singularidad de Auschwitz. Hipótesis, problemas y derivaciones de la pesquisa
histórica". Pour une critique de la barbarie modernes. Ecrits sur l'histoire des
juifs e de l'antisémitisme, Lausanne, Ed. Page deux, 1997.

(13) Citado de los archivos históricos recientemente abiertos al público en
Barton J. Bernstein, "The Atomic Bombings Reconsidered", Foreign Affairs,
febrero 1995, p. 143.

(14) Ibid, p. 146

(15) Sobre las reservas de Marshall, cf. Barton J. Bernstein, Op.cit, p.143

(16) De hecho, es enteramente racional si "razón" significa racionalidad
instrumental, aplicar la fuerza militar norteamericana, los B-52, el napalm y
todo el resto en Vietnam "bajo dominación comunista" (claramente una "causa
indeseable") como un "operador" para transformarlo en "causa deseable". Joseph
Weizenbaum, "Computer Power and Human Reason". From Judgemente to Calculation,
S. Francisco, W.H.Freeman, 1976, p.252.

(17) Otras guerras coloniales tuvieron lugar en el siglo XX -en Indochina,
Argelia, Africa colonial portuguesa, etc., pero ninguna alcanzó el grado de
modernidad de la de Vietnam. En comparación parecen arcaicas, primitivas.

(18) T.W.Adorno, M. Horkheimer, La Dialectique de la raison, Paris,
Gallimard, 1974, p.48 y T.W. Adorno, Minima Moralia, París, Payot, 1983,
p.134.

(19) E. Hobsbawn, Barbarism: An User Guide. On History, London, Weidenfelds and
Nicholson, 1997, pp.259-263

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