Robert Kurtz: La privatización del mundo.

Nestor Gorojovsky nestorgoro at fibertel.com.ar
Thu Aug 1 20:21:39 MDT 2002


Es de suponer que la naturaleza existía ya antes de la
economía moderna. De ahí que la naturaleza sea en sí
gratis, sin precio. Esto distingue los objetos naturales
sin elaboración humana de los resultados de la
producción social, que no representan ya la naturaleza
"en sí", sino la naturaleza trasformada por la actividad
humana. Estos "productos", a diferencia de los objetos
naturales puros, nunca fueron de libre acceso; desde
siempre estuvieron sujetos, según determinados
criterios, a un modo de distribución socialmente
organizado. En la modernidad, es la forma de
producción de mercancías la que regula esa distribución
en el modo del mercado, según los criterios de dinero,
precio y demanda (solvente). Pero es un problema
antiguo el que la organización de la sociedad tienda a
obstruir también el libre acceso a un número creciente
de recursos prehumanos de la naturaleza. Esa
ocupación lleva, de las más diversas formas, el mismo
nombre que los productos de la actividad social, la
llamada "propiedad". O sea, se da un quid pro quo:
otrora libres, los objetos naturales no elaborados por el
ser humano son tratados exactamente como si fuesen
los resultados de la forma de organización social, y de
ahí sometidos a las mismas restricciones.

La ocupación más antigua de esa clase es la tierra. La
tierra en sí no es naturalmente el resultado de la
actividad productiva humana. Por eso tendría que ser
también, en sí, de libre acceso. Cuanto mucho, la tierra
ya transformada, labrada y "cultivada" podría estar
sometida a los mecanismos sociales; y, en tal caso,
tendría que ser propiedad de aquellos individuos que la
cultivaran. Pero, como se sabe, no es ese exactamente
el caso. Justamente la tierra aún del todo inculta es
usurpada con violencia. Ya en la Biblia existe la disputa
entre labradores y criadores de ganado por territorio
(Caín y Abel) y, entre los pastores nómadas, por
"pastos más fértiles". La usurpación del suelo "virgen"
es el pecado original y hereditario de la "dominación del
hombre por el hombre" (Marx). Las aristocracias de
todas las altas culturas agrarias represivas surgieron
por esa apropiación violenta de la tierra, literalmente a
punta de garrote y lanza. Sin embargo, la propiedad en
las culturas agrarias no se parecía ni de lejos a la
propiedad privada en el sentido actual. Eso significaba,
ante todo, que la propiedad no era exclusiva o total. La
tierra podía ser utilizada y cultivada también por otros,
que a cambio pagaban ciertos tributos (la renta feudal
en la forma de víveres o servicios) a los propietarios,
aquellos originariamente violentos. Pero había aún
posibilidades de uso gratuito. Por ejemplo, en muchos
lugares, los campesinos tenían permiso para trasladar
sus cerdos hasta las tierras incultas del señor feudal,
cosechar allí forrajes que crecían de manera silvestre o
recoger otras materias naturales. Diferentes
posibilidades de uso libre nunca dejaron de ser
controvertidas, como el derecho a la caza o a la pesca.
Cuando los señores feudales intentaban establecer
prohibiciones en ese sentido, éstas casi nunca eran
obedecidas. Así, el cazador y el pescador furtivos
llegaron a figurar entre los héroes de la cultura popular
premoderna.

La propiedad privada moderna reforzó
monstruosamente la sumisión de la naturaleza "libre"
a la forma de la organización social, obstruyendo así el
acceso a los recursos naturales con un rigor nunca
visto. Esta intensificación de la tendencia usurpadora
tiene su razón en el hecho de que la ocupación se
efectúa ahora ya no por el acto personal e inmediato
de violencia, sino por el imperativo económico
moderno, que representa una violencia "cosificada" de
segundo orden. La violencia armada inmediata se
manifiesta todavía hoy en la ocupación de los recursos
naturales, pero ella ya está cosificada de forma
institucional en la propia figura de la policía y del
Ejército. La violencia que sale de los cañones de las
armas modernas ya no habla por sí misma; se convirtió
en el simple alguacil del fin en sí mismo económico.
Este dios secularizado de la modernidad, el capital
como "valor que se autovaloriza" incesantemente
(Marx), no aparece, sin embargo, sólo en la figura de
una cosificación irracional; él es incluso más celoso que
todos los otros dioses que lo precedieron. En otras
palabras: la economía moderna es totalitaria. Esgrime
una pretensión total sobre el mundo natural y social.
Por eso, todo lo que no está sometido y asimilado a su
propia lógica es para ella fundamentalmente una
espina en la garganta. Y como su lógica consiste única
y exclusivamente en la valorización permanente del
dinero, tiene que odiar todo lo que no asume la forma
de un precio monetario. No debe haber nada más bajo
el cielo que sea gratuito y exista por naturaleza. La
propiedad privada moderna representa sólo la forma
jurídica secundaria de esa lógica totalitaria. Aquélla es,
por eso, tan totalitaria como ésta: el uso debe ser un
uso exclusivo. Esto vale particularmente para los
recursos naturales primarios de la tierra. Bajo la
dictadura de la propiedad privada moderna, ya no es
tolerado ningún uso gratuito para la satisfacción de las
necesidades humanas, más allá de los oficiales: los
recursos tienen que servir a la valorización o quedar en
barbecho. Dada la forma de la propiedad privada,
incluso la parte de la tierra que el capital no puede usar
de ningún modo debe estar excluida de cualquier otro
uso. Esta imposición descabellada provocó repetidas
veces la protesta social. En la época anterior a 1848,
una experiencia crucial para el joven Marx, subrayada a
menudo en su biografía, fue la discusión en torno a la
"ley prusiana contra el robo de leña", que pretendía
prohibir a los pobres recoger gratuitamente la leña de
los bosques. El conflicto sobre el uso libre de los bienes
naturales, sobre todo de la tierra, jamás cesó en toda
la historia del capitalismo. Incluso hoy, en muchos
países del Tercer Mundo, existen movimientos sociales
de "ocupantes de tierras" que ponen en cuestión la
dictadura totalitaria de la propiedad privada moderna
sobre el uso del suelo.

En el desarrollo del moderno sistema productor de
mercancías, el problema primario del acceso a los
recursos naturales gratuitos fue relegado por el
problema secundario del acceso a los recursos
"públicos", directamente relacionados con el conjunto
de la sociedad: las llamadas "infraestructuras". Con la
industrialización capitalista y la inherente aglomeración
de masas gigantescas de seres humanos
(urbanización), surgieron carencias sociales, haciendo
necesarias medidas que no podían ser definidas por la
ley del mercado, sino sólo por la administración social
directa. Por un lado, se trata ahora de sectores
completamente nuevos, resultantes del proceso de
industrialización, como el servicio público de salud, las
instituciones públicas de enseñanza (escuelas,
universidades, etc.), el suministro de energía y los
transportes públicos (ferrocarril, metropolitano, etc.).
Por otro lado, también los recursos naturales antes
libremente accesibles sin ninguna organización social y
los procesos vitales que se efectúan por sí mismos
tuvieron que ser socialmente organizados y colocados
bajo la administración pública: es el caso del
abastecimiento público de agua potable, de la recogida
pública de basura, de los alcantarillados públicos, etc.,
llegando incluso a los sanitarios públicos en las grandes
ciudades. Bajo las condiciones del moderno sistema
productor de mercancías, la "administración de cosas"
pública y colectiva no puede asumir sino la forma
distorsionada de un aparato burocrático estatal. Pues
la forma moderna "Estado" representa solamente el
reverso, la condición estructural y la garantía de lo
"privado" capitalista; el Estado no puede, por
naturaleza, asumir la forma de una "asociación libre".
La administración pública de cosas permanece así
nacionalmente limitada, burocráticamente represiva,
autoritaria y ligada a las leyes fetichistas de la
producción de mercancías. Por eso los servicios
públicos asumen la misma forma-dinero que la
producción de mercancías para el mercado. Aun así no
se trata de precios de mercado, sino sólo de tarifas;
algunas infraestructuras hasta son ofrecidas
gratuitamente. El Estado financia esos servicios y
agregados de cosas sólo en una pequeña parte, por
medio de tarifas cobradas a los ciudadanos; en lo
esencial, son subvencionados con la imposición a los
rendimientos capitalistas (salarios y ganancias). De
este modo, la administración pública de cosas
permanece ligada al proceso de valorización del capital.

Por un período de más de cien años, los sectores del
servicio público y de la infraestructura social fueron
reconocidos en todas partes como el apoyo necesario,
amortiguación y superación de las crisis del proceso del
mercado. Sin embargo, en las dos últimas décadas se
impone en el mundo entero una política que,
exactamente al revés, resulta en la privatización de
todos los recursos administrados por el Estado y de los
servicios públicos. De ningún modo esta política de
privatización es defendida sólo por partidos y gobiernos
explícitamente neoliberales; desde hace mucho tiempo,
ella prepondera en todos los partidos. Esto indica que
no se trata aquí sólo de ideología, sino de un problema
de crisis real. Seguramente desempeña un papel en
esto el hecho de que la recaudación pública de
impuestos retrocede con rapidez a causa de la
globalización del capital. Los Estados, las provincias y
los ayuntamientos superendeudados en todo el mundo
se convierten en factores de crisis económica, en vez
de poder ser activos como factores de superación de la
crisis. Una vez dilapidados los dineros de los sistemas
socialmente administrados, las "manos públicas"
acaban pareciéndose fatalmente a las masas de
víctimas de la vejez indigente, que en las regiones
críticas del planeta venden en los mercados de segunda
mano los muebles y hasta la ropa para poder
sobrevivir. No obstante, la raíz del problema es más
honda. En esencia, se trata de una crisis del propio
capital, que, bajo las condiciones de la tercera
revolución industrial, tropieza con los límites absolutos
del proceso real de valorización. Aunque tenga que
expandirse eternamente, por su propia lógica, se
encuentra cada vez menos en condiciones para ello,
sobre sus propias bases. De ahí resulta un doble acto
de desesperación, una fuga hacia adelante: por un lado,
surge una presión aterradora para ocupar todavía los
últimos recursos gratuitos de la naturaleza, de hacer
incluso de la "naturaleza interna" del ser humano, de
su alma, de su sexualidad, de su sueño, el terreno
directo de la valorización del capital y, con ello, de la
propiedad privada. Por otro, las infraestructuras
públicas administradas por el Estado deben ser
administradas, también a vida o muerte, por sectores
del capitalismo privado.

Pero esta privatización total del mundo muestra
definitivamente el absurdo de la modernidad; la
sociedad capitalista se convierte en autocanibalística.
La base natural de la sociedad es destruida a velocidad
creciente; la política de disminución de costos y la
tercerización a todo precio arruinan la base material de
las infraestructuras, el conjunto organizador y, con ello,
el valor de uso necesario. Es conocido desde hace
tiempo el caso desastroso del ferrocarril y, de modo
general, el de los medios de transporte, en otro tiempo
públicos: cuanto más privados, tanto más deteriorados
y más peligrosos para la comunidad. El mismo cuadro
se comprueba en las telecomuniciones, en el correo,
etc. Quien hoy precisa, al mudarse de casa, instalar un
teléfono nuevo, pasa por el fragor de plazos, confusión
de competencias entre las instancias "tercerizadas" y
técnicos seudoautónomos y maldicientes. El correo
alemán, que se transformó en una empresa y "global
player" ansioso por su capitalización en las Bolsas, en
breve distribuirá cartas en California o China; a cambio,
el servicio más sencillo de entrega sigue funcionando
mal en casa. ¡Qué prodigio que actividades enteras
sean ajustadas a salarios módicos, las regiones de
entrega con pocos carteros dobladas o triplicadas, y las
filiales extremadamente desguarnecidas! Las oficinas
de correos o las estaciones de ferrocarril se
transforman en kilómetros fulgurantes de terrenos
ajenos a su competencia, mientras el que sufre es el
propio servicio. Cuanto más estilizados los escritorios,
tanto más miserable el servicio. A pesar de todas las
promesas, la privatización significa tarde o temprano
no sólo el empeoramiento sino también el aumento
drástico de los precios. Porque eres pobre, tienes que
morirte antes: con la privatización creciente de los
servicios de salud, esa vieja sabiduría popular recibe
nuevas honras incluso en los países industriales más
ricos. La política de privatización no da tregua siquiera
a las necesidades humanas más elementales. En
Alemania, los baños de las estaciones de tren pasaron
a ser recientemente controlados por una empresa
transnacional llamada "McClean", que cobra por la
utilización de un mingitorio lo mismo que cuesta una
hora de aparcamiento en el centro de la ciudad. Por lo
tanto, ahora ya se dice: ¡porque eres pobre, tienes que
mearte en los calzones o aliviarte de forma ilegal!

La privatización del suministro de agua en la ciudad
boliviana de Cochabamba, que, por decisión del Banco
Mundial, fue vendido a una "empresa de agua"
norteamericana, muestra lo que nos espera aún. En
unas pocas semanas, los precios subieron a tal punto
que muchas familias tuvieron que pagar hasta un tercio
de sus ingresos por el agua diaria. Juntar agua de lluvia
para beber fue declarado ilegal, y a las protestas se
respondió con el envío de tropas. Luego tampoco el sol
brillará gratis. ¿Y cuándo llegará la privatización del aire
que respiramos? El resultado es previsible: ya nada
funcionará, y nadie podrá pagar. En ese caso, el
capitalismo tendrá que cerrar tanto la naturaleza como
la sociedad humana por "falta de rentabilidad" y abrir
otra.



 Original alemán: "Die Privatisierung der Welt", en www.krisis.org
   Publicado en Folha de S. Paulo, el 14.7.02, con el título de
  "Modernidade Autodevoradora", en traducción de Luiz Repa.
   Traducción del portugués: Round Desk. Texto tomado de:
            http://planeta.clix.pt/obeco


Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro at fibertel.com.ar

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"Aquel que no está orgulloso de su origen no valdrá nunca nada porque
empieza
por depreciarse a sí mismo".
Pedro Albizu Campos, compatriota puertorriqueño de todos los
latinoamericanos.
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