(Spa) US doctors irradiated Puerto Rican patriot in prison

Nestor Miguel Gorojovsky nestorgoro at fibertel.com.ar
Thu Nov 21 17:57:01 MST 2002


Please forward to anyone you may feel fit. If possible, also
translate. This is an article claiming that the great Puerto Rican
patriot Don Pedro Albizu Campos was irradiated systematically during
his prison in various American or American-sponsored jails. The
article also denounces Goebbels-like American doctor experimenting
with Puerto Ricans.

All of this has been repeatedly stated by Puerto Rican nationalist
sources, but they have not been given credit. As the _Martín Fierro_
says, "they are made of wood  /  the bells of us the poor".

Now that the militarized caucus has seized power in full in the
United States, it might be interesting that the American people, as
many as possible, know what is done in their name.
------- Forwarded message follows -------

Buenos Aires, 21 / 11 / 2002

  Informes especiales

  COMO HICIERON CON DON PEDRO ALBIZU CAMPOS
  EXPERIMENTOS GENOCIDAS EN
  PUERTO RICO

  Por: José Manuel Torres Santiago (Fecha publicación:19/11/2002)

  Experimentos de los norteamericanos con los patriotas
puertorriqueños. Lo mismo hicieron con el prócer Pedro Albizu Campos
cuando lo torturaron quemándole con rayos los pies.

  I. El caso del Dr. Cornelius P. Rhoads

  El jueves 12 de noviembre de 1931, el técnico de
  laboratorio Luis Baldoni encuentra al pie de su
  microscopio en el Hospital Presbiteriano de El Condado
  en San Juan, donde trabajaba en un proyecto de
investigación científica, una carta escrita por el médico
  norteamericano Cornelius P. Rhoads, dirigida a su
  amigo F.W. Stewart, que vendría a constituir uno de los
  documentos básicos del diferendo entre la
  puertorriqueñidad y la americanización de Puerto Rico.

  Los historiadores tradicionales, la llamada 'nueva
  historia' y la élite intelectual rara vez han confrontado
  responsablemente el contenido de la carta de Cornelius
  P. Rhoads. La excepción a la regla corresponde al
  historiador Pedro I. Aponte Vázquez, quien ha
  denunciado el caso en varias publicaciones; sobre todo
  en sus libros Yo acuso y Crónica de un encubrimiento.
  La carta del doctor Rhoads, a juzgar por el contenido,
  revela que el dicho doctor Rhoads, además de haber
  llegado junto a un equipo de científicos a estudiar la
  anemia en Puerto Rico, tenía una agenda secreta que
  por un descuido suyo vino a conocerse y a descubrir
  que la Fundación Rockefeller estaba patrocinando los
  experimentos de un grupo de médicos asesinos con
  vocación de genocidas.

  La carta escrita por el doctor Rhoads a su amigo F.W.
  Stewart causó conmoción y terror en Puerto Rico, no
  sólo por lo que en la misiva confesaba, sino porque
  tenía de cómplices a otros médicos y al mismísimo
  Departamento de Salud de Puerto Rico, que el pueblo
  terminó llamándole 'Departamento de Matanza'. La carta
  es todavía un insensible y abominable documento vivo
  de lo que la invasión americana ha hecho en Puerto
  Rico y de cómo los crímenes contra los
  puertorriqueños cometidos por científicos
  norteamericanos han quedado impunes. Sesenta y tres
  (63) años después de haberse escrito, la carta del
  doctor Cornelius P. Rhoads tiene aún vigencia por lo
  que acaba de revelar el Departamento de Energía del
  Gobierno de los Estados Unidos, de que los científicos
  norteamericanos han estado experimentando con
  sujetos humanos, inyectándoles elementos radiactivos
  o irradiándolos, sin que éstos estuvieran conscientes
  de que los estaban usando de conejillos de indias. La
  admisión de que se han estado haciendo esos
  experimentos hace además justicia histórica a Pedro
  Albizu Campos, quien desde la Cárcel de La Princesa
  en San Juan denunció en 1951 que estaba siendo
  irradiado y que Puerto Rico estaba siendo usado de
  laboratorio por la ciencia norteamericana.

  La carta del doctor Cornelius P. Rhoads es prueba
  irrefutable de que desde los años de 1930 los
  puertorriqueños han sido utilizados por médicos
  norteamericanos en sus experimentos científicos sin el
  menor sentido ético y sin ninguna compasión humana
  por las personas afectadas en dichos experimentos. La
  carta es ciertamente macabra y repugnantemente
  racista. Produce ira, porque los crímenes que confesó
  el médico asesino quedaron impunes y porque las
  autoridades hicieron muy poco para que éste fuera
  enjuiciado. 'Los puertorriqueños... -escribió el doctor
  Rhoads en su carta- son sin duda la raza de hombres
  más sucia, haragana, degenerada y ladrona que haya
  habitado este planeta. Uno se enferma de tener que
  habitar la misma isla que ellos. Son peores que los
  italianos. Lo que la isla necesita no es trabajo de salud
  pública, sino una marejada o algo para exterminar
  totalmente a la población. Entonces pudiera ser
  habitable. Yo he hecho lo mejor que he podido para
  acelerar el proceso de exterminación matando 8 y
  trasplantándole cáncer a algunos otros. Esto último no
  ha causado muertes todavía... El asunto de considerar
  el bienestar de los pacientes no tiene aquí ninguna
  importancia -de hecho los médicos se deleitan con la
  tortura y el abuso de los infortunados sujetos."

  Como es obvio, en esta carta el doctor Rhoads le
  confiesa a su amigo F.W. Stewart el asesinato de 8
  personas y el haberle trasplantado cáncer a otros.
  Supongo que el lector está pensando que por estos
  delitos confesados de su puño y letra, este médico de
  seguro fue acusado de asesinato y de intento para
  cometer asesinato y que fue sentenciado a largos años
  de cárcel. Pero desafortunadamente no fue así. Nada le
  sucedió al doctor Cornelius P. Rhoads. Las autoridades
  coloniales del país, sobre todo el Departamento de
  Salud y el Departamento de Justicia, permitieron que el
  médico asesino y genocida escapara a los Estados
  Unidos. Se hizo una investigación trililí donde se le
  absolvió sin formularle acusación y sin celebrarles
  juicio. Ni tan siquiera se le llamó a testificar por lo que
  había escrito. No solamente se el exoneró, sino que se
  pasó por alto el axioma jurídico que dice que ' a
  confesión de hechos, relevo de prueba'.

  Claro está, el caso sirvió para alertar el país y a los
  puertorriqueños de la generación del treinta respecto a
  la misión de los americanos en Puerto Rico. No eran ni
  los mecenas ni los salvadores que se habían pintado en
  la proclama del General Nelson Miles, cuando éste
  invadió el país por el puerto de Guánica el 25 de julio de
  1898, y cuando al golpe de los cañones conquistadores
  se apropiaron piráticamente del territorio nacional de
  Puerto Rico y de la vida y la hacienda de los
  puertorriqueños.

  Como en todo lo que ha tenido que ver con la defensa
  de la nacionalidad y la puertorriqueñidad, le tocó a
  Pedro Albizu Campos hacer la denuncia de estos
  hechos criminales mediante la publicación en la prensa
  del país de la carta del doctor Rhoads junto a una
  declaración jurada del técnico de laboratorio Luis
  Baldoni, donde éste relataba las circunstancias que se
  produjeron cuando se descubrió la carta y de cómo el
  médico trató de sobornarlo y callarlo. Albizu también
  envió al Vaticano y a los países del mundo para que se
  conocieran las prácticas genocidas que los Estado
  Unidos, vía la Fundación Rockefeller, realizaba en
  Puerto Rico con sujetos puertorriqueños.

  El doctor Rhoads, a juzgar por la declaración de Luis
  Baldoni, era un hombre sin escrúpulos. Su práctica
  médica, según la describe Baldoni, causa asco por la
  escasa profilaxis científica y por la ausencia de
  sensitividad. Después de describirlo como 'un hombre
  de modales bruscos y de pocas palabras', Baldoni dice
  del médico lo siguiente: 'Que el doctor Cornelius P.
  Rhoads se dedicaba a la investigación de la anemia y
  del sprue; tomaba muestras de sangre a los pacientes
  de las orejas y de las venas del brazo; para este fin
  usaba generalmente una jeringuilla de diez centímetros
  cúbicos, la que esterilizaba de vez en cuando, a
  intervalos de días; la jeringuilla y la aguja las ponía
  sobre el maletín expuestas a todo contacto; que el
  promedio de muestras de sangre que diariamente el
  doctor Cornelius P. Rhoads tomaba no era menos de
  diez; que nunca desinfectó ni esterilizó la jeringuilla o
  la aguja después de usarlas en un paciente antes de
  extraer la muestra a los próximos pacientes; que se
  limitaba a lavar la jeringuilla con agua corriente de la
  pluma y luego, con solución salina para sacarle la
  sangre, y después con agua de la pluma otra vez para
  remover la sal; que cuando había mucho trabajo, para
  ahorrar tiempo usaba agua de la pluma solamente...'

  II. Las torturas radioactivas usadas
  contra Albizu

  Las acciones del doctor Rhoads
  incendiaron la ira de Albizu, quien se dio
  de inmediato a la tarea de denunciar las
  prácticas frankesteinianas que estaban
  teniendo lugar en los laboratorios del
  Hospital Presbiteriano  con el aval de la Fundación Rockefeller.
Eso, en la  política, agitó el odio que el gobierno norteamericano y
  sus intermediarios coloniales en Puerto Rico sentían
  contra Albizu. Sin embargo, lo que no sabía Albizu al
  denunciar al médico asesino era que él mismo, veinte
  años después, sería víctima de similares
  'experimentos' en la Cárcel de La Princesa. No era
  ciertamente un conejillo de indias sino que se le quería
  eliminar 'científicamente', porque con su nacionalismo
  ponía en peligro la presencia norteamericana en el
  Caribe y la América del Sur. Contra Albizu se intentó el
  asesinato por diversos medios, casi todos asociados
  con la ciencia o la medicina.

  Cuando era prisionero de los Estados Unidos en la
  Cárcel de Atlanta, Georgia, le pusieron de 'compañero
  de celda' a un preso tuberculoso. Tal preso tuvo la
  nobleza de decírselo, que no sabía por qué lo habían
  sacado de su celda aislada de la población penal para la
  de Albizu, a quién tenían en confinamiento solitario y a
  quien le rotaban la guardia de turno por temor a que
  con su verbo los volviera a su lado. Ese fue el primer
  intento para destruir a Albizu estando en la cárcel.
  Cuando fue excarcelado en 1943 y condenado a cumplir
  cuatro años de su sentencia suspendida, que cumplió
  en la ciudad de Nueva York, se comprobó que en la
  cárcel había contraído tuberculosis pero que había
  superado la enfermedad. Ni qué decir que en su estadía
  en Nueva York estuvo hospitalizado en el Columbus
  Hospital hasta casi extinguir su condena. Las torturas
  en la penitenciaría de Atlanta le habían causado una
  condición cardiaca.

  Albizu, una vez cumplidas sus sentencias, regresó a
  Puerto Rico el 15 de diciembre de 1947. Conocida es la
  rebelión que lidera en octubre de 1950 y que le ganó
  fama mundial por los ataques armados de los rebeldes
  nacionalistas contra el gobernador de Puerto Rico, Luis
  Muñoz Marín, el presidente de los Estados Unidos,
  Harry S. Truman, y contra la Cámara de Representantes
  en 1954. Cuando lo capturan y lo hacen prisionero en
  1950, lo someten a confinamiento solitario en un
  calabozo y a un régimen alimentario deficiente y de
  escasa nutrición en la Cárcel de La Princesa en San
  Juan. Todavía no había pasado un año de su
  encarcelamiento cuando hace la primera denuncia de
  que está siendo irradiado y que está sintiendo en su
  organismo los efectos de dicha radiación. Sobre el
  particular hizo una extensa declaración grabada ante el
  doctor Rafael Troyano de los Ríos, el 22 de mayo de
  1951, que el gobierno mantuvo secuestrada hasta
  recientemente que fue liberada y publicada. Esa
  declaración sirvió pare que el entonces Secretario de
  Justicia de Puerto Rico, José Trías Monge, enviara a la
  celda de Albizu a un siquiatra para que le declarara
  'loco', como en efecto hizo, faltando a las más
  elementales normas de la ética médica y del
  diagnóstico científico. Este fue uno de los más viles
  recursos que usó el régimen de Luis Muñoz Marín en su
  servidumbre cipaya para eliminar el apóstol
  antiimperialista.
  Lo declararon 'loco', porque se protegía
  con toallas húmedas para protegerse de
  la radiación. 'Loco', porque enseñó los
  estigmas que la radiación dejara en su
  cuerpo: quemaduras ulceradas e
  hinchazón en la piernas, quemaduras en
  sus órganos sexuales y en todo su
  cuerpo, además de la dermatitis aguda
  que las radiaciones le habían causado.
  Para los incrédulos hay que señalar que
  cuando fue ingresado a la Cárcel de La Princesa, el
  único mal que padecía era el efecto del gas de las
  bombas lacrimógenas en sus ojos, con las cuales fue
  atacado en su hogar de la calle Sol esquina Cruz en el
  Viejo San Juan, cuando fue capturado luego de un
  dramático encuentro armado con policías y guardias
  nacionales.

  No era una denuncia gratuita ni los delirios de un
  enfermo mental. Albizu fue consistente en su denuncia
  y un médico cubano certificó que el prócer nacionalista
  estaba siendo irradiado. En el mes de diciembre de
  1952, el abogado Juan Hernández Vallé, Presidente del
  Consejo de Defensa de Don Pedro Albizu Campos,
  presentó la denuncia ante las naciones del mundo en
  un documento titulado 'Petición y Alegato solicitando
  de las Naciones Unidas que se designe una comisión
  que investigue el trato cruel e inhumano de que es
  objeto el patriota puertorriqueño Dr. Pedro Albizu
  Campos encarcelado en San Juan de Puerto Rico'. Es
  imposible resumir dicho documento en este espacio.
  Pero es importante conocer la parte que recoge la
  denuncia de las radiaciones de que era objeto y a las
  que estuvo sujeto el prócer nacionalista. En el alegato
  del abogado Hernández Vallé se dice que: 'Sostiene
  Don Pedro Albizu Campos que constantemente se le
  provoca en su organismo una ola de calor. Que se le
  atacan los órganos vitales; la cabeza, la nuca, los oídos,
  los ojos. Se provoca, sostiene, una alta presión
  artificial. Los ataques están encaminados a debilitarlo,
  quemarlo, desesperarlo, a producir en él un colapso. Se
  trata de provocar un ataque cerebral o del corazón. El
  plan, sostiene Don Pedro Albizu Campos, es matarlo,
  sin asumir nadie la responsabilidad, ocasionándole una
  muerte que se pueda alegar es del corazón o una
  hemorragia cerebral que resulte en una hemiplejia
  -parálisis- o en su muerte. Sostiene Don Pedro Albizu
  Campos que lo denunciado por él no constituye un
  problema médico. Que sólo puede serlo
  incidentalmente. Que es, sostiene, un caso de física
  nuclear. Que un perito en la materia no tendría que
  examinarlo a él; que bastaría que se practicase -con
  equipo adecuado- una investigación sobre el terreno. El
  caso que se denuncia, dice, constituye el linchamiento
  a la altura de la era atómica.'

  El caso no se quedó a nivel de la denuncia o la espera
  de que quienes sometían Albizu a las radiaciones se
  investigaran a sí mismos. Albizu y su abogado, el
  licenciado Juan Hernández Vallé, el Partido Nacionalista
  y la esposa de Albizu, Laura Meneses, llevaron la
  denuncia del caso más allá de las fronteras
  puertorriqueñas; no sólo a la prensa nacional sino a la
  extranjera que publicó las hoy día históricas fotografías
  que muestran las estigmas de las radiaciones en las
  piernas y el cuerpo de Albizu. Pero esto no fue
  suficiente, sino que a la raíz del indulto de Albizu, el 28
  de septiembre de 1953, su esposa, que vivía asilada en
  Cuba, pidió a un médico Cubano, el Dr. Orlando Daumy,
  que viniera a Puerto Rico a examinar al patriota. Sobre
  el particular escribe la señora Meneses: 'El Dr. Daumy
  era Presidente de la Asociación Cubana de
  Cancerología, un experto en radiaciones. Me informó al
  regresar, que 1) las lesiones que presentaba Albizu
  eran quemaduras producidas por radiaciones; 2) que su
  sintomatología correspondía a la de una persona que
  había sido intensamente radiada...' En obvia alusión a
  los carceleros y al siquiatra que había declarado 'loco' a
  Albizu, el doctor Daumy le informó a la señora Meneses
  'que raras veces había encontrado a una persona de
  tanto vigor mental'. Pero, con todo y esto, las
  denuncias de Albizu de que estaba siendo irradiado las
  usaron los testaferros coloniales para lanzar y sostener
  la especie de que estaba 'loco'.

  Ciertamente hasta cómo se le conduciría a la muerte
  predijo Albizu. Porque estando encarcelado sufrió un
  ataque cerebral que lo dejó paralítico y sin habla. Hay
  que señalar que cuando sufrió este ataque cerebral no
  se le prestó asistencia médica inmediata, sino que lo
  llevaron al hospital, tarde, cuando ya el ataque había
  causado daño físico permanente a su persona y lo
  dejaba lisiado para siempre, paralítico y sin habla hasta
  la hora de su muerte en 1965. Debe saber también el
  lector que las acusaciones que hacía Albizu, de que
  estaba siendo irradiado, no procedían de una
  suposición ni de la imaginación de un loco alucinado.
  Porque Albizu era un hombre de ciencias y educado en
  estas. Entre los títulos académicos que Albizu obtuvo
  en Harvard University estaba el de ingeniero químico.
  No era, pues, un lego de las ciencias naturales. Albizu
  también estuvo al tanto de los primeros estudios que
  se hicieron de la energía atómica y conocía las
  proyecciones de los usos bélicos de la radiación. Fue el
  primero que denunció el genocidio demográfico y la
  devastación ecológica en Puerto Rico, mucho antes de
  se formaran los especialistas en esta disciplinas. Por
  ejemplo, denunció que el neomalthusianismo en Puerto
  Rico no era un proyecto científico de control
  poblacional, sino que era un plan para la exterminación
  del puertorriqueño. 'Quieren la jaula (el territorio
  nacional), pero no a los pichones' (los puertorriqueños),
  llegó a decir en una de sus célebres adscripciones
  irónicas. Se refería al hecho de que mientras se
  controlaba la natalidad de los puertorriqueños, por otro
  lado se permitía el ingreso masivo de extranjeros en
  Puerto Rico.

  Ahora que el Departamento de Energía del gobierno de
  los Estado Unidos ha declarado que se han estado
  haciendo experimentos desde 1940 y que se irradiaron
  prisioneros en los establecimientos carcelarios, sería
  bueno que se abriera una investigación exhaustiva
  donde se aclaren las denuncias de Don Pedro Albizu
  Campos. Es de elemental justicia realizar dicha
  investigación o producir la documentación secreta que
  sobre Albizu mantiene el gobierno de los Estados
  Unidos. Los puertorriqueños que conocen su caso,
  cuando el Departamento de Energía anunció de los
  experimentos que habían realizado científicos
  norteamericanos, unánimemente dijeron que Albizu
  tenía razón.



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Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro at fibertel.com.ar

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"Aquel que no está orgulloso de su origen no valdrá nunca
nada porque empieza por depreciarse a sí mismo".
Pedro Albizu Campos, compatriota puertorriqueño de todos
los latinoamericanos.
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