(Eng and Spa) [R-P] El vuelo de los Condores -Roberto Bardini

Nestor Gorojovsky nestorgoro at fibertel.com.ar
Tue Sep 30 16:12:20 MDT 2003


I hope someone can translate to English this excellent report by 
Roberto Bardini. I am sure that many cdes. (particularly the Irish 
ones) will be amazed and delighted. Did you know that, on September 
28 1966, an Argentinean commando casually attacked the British 
consulate in Buenos Aires and missed prince Phillip of Edimburgh for 
ten minutes?
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From:           	INFOR-MET <rmermet at yahoo.com.ar>
To:             	recepcion <Reconquista-popular at lists.econ.utah.edu>
Subject:        	[R-P] El vuelo de los Condores -Roberto Bardini
Date sent:      	Tue, 30 Sep 2003 09:03:31 -0300 (ART)

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A CONDICIÓN DE CITAR LA FUENTE [p.ej.
"LISTA DE CORREO ELECTRÓNICO
RECONQUISTA POPULAR,
http://lists.econ.utah.edu/mailman/listinfo/reconquista-popular"],
EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN 

28 de septiembre de 1966 
El vuelo de los cóndores 

Roberto Bardini

...esas olvidadas islitas del sur, 
 en una fría mañana del Onganiato, 
 se incendiaron al paso de aquellos nacionales. 
Jorge Falcone, 

UN DARDO CLAVADO EN EL SUR


 Un día de primavera, 37 años atrás, 18 muchachos
peronistas desviaron un avión de pasajeros en pleno
vuelo, aterrizaron en las Islas Malvinas e hicieron
flamear banderas argentinas en el lejano territorio
usurpado. Fue uno de los primeros secuestros aéreos
del siglo XX. La excluyente y selectiva historia
oficial argentina –liberal antes, neoliberal hoy,
conservadora siempre- continúa ignorando esa pequeña
gran gesta patriótica. 

El 28 de septiembre de 1966 cayó miércoles. En Buenos
Aires fue un día soleado. Hacía tres meses que el
general Juan Carlos Onganía, alias “La Morsa”, estaba
el poder en nombre de una autodenominada “revolución
argentina”. Noventa días antes, un pelotón de la
Guardia de Infantería de la Policía Federal había
desalojado de la Casa Rosada al presidente Arturo
Umberto Íllia, de la Unión Cívica Radical del Pueblo
(UCRP), quien había llegado al gobierno con poco más
del 20 por ciento de los votos y con el peronismo
proscrito. 

Íllia era un apacible médico originario de Cruz del
Eje (Córdoba), con hábitos provincianos. Acostumbraba
a dormir la siesta después de comer y cruzaba a la
Plaza de Mayo sin custodia para darle de comer a las
palomas o sentarse en un banco a leer el diario. La
gran prensa de la época –tan antipopular como la de
ahora– lo ridiculizaba constantemente. La revista Tía
Vicenta, dirigida por el dibujante Juan Carlos
Colombres (“Landrú”) lo caricaturizaba como “La
tortuga”. 

Un príncipe en la corte del general de “ganadería”
Onganía, a quien sus compañeros de promoción apodaban
“El Caño” –recto y duro por fuera, hueco por dentro–
no dormía siesta y detestaba a las palomas. Era un
mediocre führer autóctono que aspiraba a un módico
Reich de alrededor de 20 años, tiempo suficiente para
acabar con el incorregible peronismo. Con esa
brillantez teórica propia de algunos oficiales de
caballería –a quienes, según el periodista Rogelio
García Lupo, se debería denominar “generales de
ganadería”– el militar había proclamado sin
ruborizarse que “la Revolución Argentina tiene
objetivos pero no tiene plazos”. Dos periodistas
habían aportado su intelecto para desplazar a Íllia e
instaurar a Onganía: Jacobo Timmerman, desde la
revista Confirmado, y Mariano Grondona, en Primera
Plana. El primero hoy está considerado casi como “un
héroe del cuarto poder”; el segundo, es un lamentable
neodemócrata que da lástima por televisión. 
Como ocurre casi siempre que los hombres de uniforme
suplantan a los ciudadanos de civil, se anunció que un
“Estatuto de la Revolución Argentina” –aprobado por
los tres comandantes en jefe del ejército, la marina y
la fuerza aérea– reemplazaría a la Constitución
Nacional. Para servir mejor a la patria, se
prohibieron los partidos políticos y la actividad
sindical, se impuso una estricta censura de prensa y
se persiguió a estudiantes, intelectuales y artistas. 

El 29 de julio de 1966, Onganía decretó la
intervención de las universidades nacionales. El jefe
de la Policía Federal, general Mario Fonseca, ordenó a
la Guardia de Infantería expulsar violentamente de los
recintos universitarios a estudiantes y profesores.
“Sáquenlos a tiros si necesario”, exhortó a sus
huestes. La destrucción alcanzó a los laboratorios y
bibliotecas de las casas de estudio y la adquisición
más reciente y novedosa para la época: una
computadora. Ese recio aporte castrense a la cultura
se conoce hasta hoy como “La noche de los bastones
largos”. Muchos profesores e investigadores partieron
al exilio y fueron contratados por universidades de
América Latina, Estados Unidos, Canadá y Europa. 

Esa mañana del 28 de septiembre de 1966 una de las
mayores preocupaciones del general Juan Carlos Onganía
era la preparación del partido de polo que jugaría con
Felipe de Edimburgo, el príncipe consorte inglés,
quien se hallaba de visita en Buenos Aires. 

Los kelpers
Ese mismo miércoles amaneció nublado en Puerto
Stanley, capital de las Islas Malvinas. El día
anterior había llovido. En esa época habitaban las
islas poco más de mil personas, a los que ya se
denominaba kelpers. Kelp es una alga marrón que se
reproduce las frías aguas del Atlántico sur. Kelper
quiere decir “juntador de algas'. La mayoría de ellos
vivía en Puerto Stanley y un centenar en Puerto
Darwin. El resto estaba distribuido en el campo, en
grupos de 20 o 30 personas. Trabajaban en los
settlement, establecimientos rurales dedicados a la
cría de ovejas. 
Un explorador inglés visitó las Malvinas en 1914 y
describió a Puerto Stanley como “una calle que costea
la bahía, con un matadero a un extremo y un cementerio
al otro”. El poblado conoció el pavimento recién en
1920. El archipiélago tiene una superficie de
alrededor de 12 mil kilómetros cuadrados, lo que
equivale a la mitad de la provincia de Tucumán. El
conjunto de las islas es más grandes que Hawai, Puerto
Rico y Jamaica. 

Ese día de septiembre, hace 37 años, había 554 mujeres
y 520 hombres en el archipiélago. Asistían a la
escuela 321 alumnos (146 varones y 175 chicas) y
desconocían el origen de los actuales pobladores de la
isla. Los malvinenses carecían de enseñanza superior y
dependían de becas para enviar a los muchachos a
estudiar a Gran Bretaña. Accedían a estas becas los
ocho mejores promedios. 

Un 10 por ciento de las tierras correspondía a la
Corona Británica y un 20 por ciento a propietarios
independientes. El 70 por ciento restante pertenecía a
la Falkland Islands Company (FIC), la única empresa
del archipiélago, que poseía 630 mil ovejas. La
compañía, además, era dueña del muelle, los almacenes
y los depósitos. Existía una sola máquina expendedora
de golosinas en toda la isla, que por seis chelines en
la ranura surtía a los niños de caramelos y chocolates
ingleses. La máquina también era de la FIC. 

La avenida costanera de Puerto Stanley, llamada Road
Ross, tenía aproximadamente 12 cuadras. Iba desde el
muelle -que era, por supuesto, de “La Compañía”- hasta
el Battle Memorial. Este monumento se levantó en
homenaje a un combate naval durante la Primera Guerra
Mundial (1914-18) entre alemanes y británicos en las
inmediaciones de las islas. 

Una pequeña emisora de radio, instalada en 1942,
transmitía entre cinco y siete horas diarias, y
divulgaba programas de la BBC de Londres. También
existían muchos radioaficionados que se comunicaban
con los seattlements, otras islas y el exterior.
Cumplían una labor importante durante las emergencias.


Tedio, alcohol y sexo
Entonces, como hoy, anochecía temprano, y los
malvinenses tenían dos opciones: ir a dormir a la casa
o a beber a los pubs. Había cinco cantinas: Rose,
Globe, Pictroly, Ship y la “de los militares”. En
todas se escuchaba música y se organizaban torneos de
dardos. En alguna, se aceptaba la presencia femenina.
Los puritanos del lugar aseguraban que esa “apertura”
convertía a Puerto Stanley en “la capital de la
infidelidad'. No andaban muy errados. Los habitantes
se entretenían practicando equitación, tiro al blanco,
pesca deportiva y rugby. Pero había otra forma de
esparcimiento que no figuraba en las estadísticas
oficiales: las relaciones extramatrimoniales. Las
Malvinas poseían el más alto índice de divorcios en el
mundo. 
Las islas también tenían el récord mundial de consumo
de alcohol per cápita. En 1963 se habían vendido 80
mil litros de whisky, gin y cerveza. El horario de los
pubs se cumplía rigurosamente, al estilo británico: de
ocho a 12 y de 17 a 22. A las 10 de la noche, la radio
transmitía el Himno Real y cesaban las actividades.
Los domingos, las cantinas sólo abrían una hora,
después del oficio religioso. 

El Darwin era el único barco que una vez al mes
vinculaba al archipiélago con el continente, desde
Montevideo. Tras cinco días de navegación, el buque
descargaba ropa, víveres, combustible, vehículos,
materiales de construcción, muebles y artefactos
electrodomésticos. El local comercial que ostentaba
mayor surtido de mercaderías pertenecía, por supuesto,
a la Falkland Islands Company. El Darwin también traía
correspondencia, algunas revistas de Buenos Aires y el
Times, de Londres. Desde Argentina -el tercer
importador de productos- llegaban alimentos,
especialmente manzanas. Hacia Gran Bretaña salía medio
millón de kilos en lanas y cueros. 

Un jefe de policía, un inspector, un sargento y cuatro
aburridos agentes mantenían la ley y el orden. La
delincuencia casi no existía y los uniformados
actuaban generalmente en riñas de ebrios. Ni siquiera
se generaban problemas de tránsito: había 77 camiones,
159 automóviles, 239 jeeps Land Rover y ocho
motonetas, pero la mayoría de los vehículos estaba en
el campo. 

No había ministerio de Trabajo y existía un solo
sindicato: el Falkland Islands General Employee Union.
Richard Goss era el secretario general. Goss también
ostentaba el grado de capitán de la Fuerza de
Defensores Voluntarios, una milicia de reservistas.
Seis ex comandos ingleses que participaron de la
Segunda Guerra Mundial entrenaban una o dos veces por
año a los voluntarios. En el arsenal local, cada uno
de los habitantes que integraba la milicia poseía su
fusil, la provisión de municiones y el equipo militar;
algunos, incluso, guardaban el arma en la propia casa.


Veinte soldados constituían la fuerza militar del
Reino Unido. Se cree que muchos de ellos eran
mercenarios belgas que combatieron el ex Congo en los
primeros años de la década del 60. 

La primicia de un radioaficionado
En septiembre de 1966 residían sólo cuatro argentinos
en las islas. Uno de ellos, Cecil Bertrand, había
llegado en 1928 a la búsqueda de aventuras. Se dedicó
a la pesca de ballenas y en 1963 le compró a un
irlandés las islas Carcass en 10 mil libras
esterlinas. En ese momento poseía una estancia. “Si
alguna vez las Malvinas son argentinas, espero que no
nos toque la misma suerte que a los tucumanos ni que
estas islas sean poblados por chilenos como la
Patagonia”, declaró a enviados de la revista Panorama,
de Buenos Aires. 
Sir Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard era el
gobernador de la isla, pero ese 28 de septiembre de
1966 no se encontraba en el archipiélago. Lo
suplantaba el vicegobernador. 

Albert Clifton, apodado “Pinocho” a causa de su
prominente nariz, era uno de los personajes más
populares de la isla. Había estudiado administración
de empresas en Argentina. Como no consiguió trabajo en
las islas, compró 30 vacas y se convirtió en lechero.
Envasaba la leche en botellas whisky vacías; gracias a
los hábitos locales, no le costaba mucho trabajo
conseguirlas. Clifton fue uno de los primeros
malvinenses que aquel nublado miércoles 28 de
septiembre de 1966 divisó un avión de Aerolíneas
Argentinas que daba vueltas, sobrevolando el poblado.
Pensó que la nave tenía un desperfecto mecánico. 

Puerto Stanley carecía de pista de aterrizaje. Aquel
día, el radioaficionado Anthony Hardy fue el primero
en divulgar una noticia que conmovió a millones de
argentinos: a las 9:57 de la mañana, informó que un
avión Douglas DC-4 había descendido a las 8:42 en la
embarrada pista de carreras cuadreras, de 800 metros.
Su emisión se captó en Trelew, Punta Arenas y Río
Gallegos. Y de esas ciudades se retransmitió a Buenos
Aires. Habían transcurrido 133 años desde la última
presencia oficial argentina en las Islas Malvinas. 

Rumbo Uno-cero-cinco
En el Museo Marítimo de Ushuaia (Tierra del Fuego) se
exhiben nueve armas cortas y largas. Hay tres
revólveres: un Colt 45, un Tanque 38 y un Smith &
Wesson 38. También se muestran tres pistolas: una
Destroyer 7.65 y dos Mauser con culatín de madera
desmontable. Completan la colección un rifle
Winchester 44 y una carabina Pietro Beretta calibre 9
mm. Esas piezas -y algunas otras que no figuran en la
exhibición- fueron parte del heterogéneo armamento
utilizado en las Malvinas hace 37 años por un grupo
comando de 18 jóvenes argentinos, entre los que había
una mujer. Las armas permanecieron tres días en el
territorio usurpado por Gran Bretaña en 1833. Una
pistola Lüger se quedó “de recuerdo” en Puerto
Stanley. Ninguna de ellas causó víctimas, porque no
fueron disparadas. 
Alrededor de las seis de la mañana de aquel miércoles
28 de septiembre, los muchachos tomaron el control del
vuelo 648 que había despegado del aeroparque Jorge
Newberry hacia Río Gallegos. Fue el inicio de una
pequeña gran gesta patriótica, conocida como Operativo
Cóndor. 

- Rumbo uno cero cinco -ordenó Dardo Cabo, alias
“Lito”, un joven alto y delgado de 25 años, periodista
y afiliado a la Unión Obrera Metalúrgica, jefe del
comando juvenil. Lo secundaba Alejandro Giovenco, de
21 años, de baja estatura pero fornido, apodado “El
chicato” a causa del grueso aumento de sus lentes. El
comandante Ernesto Fernández García obedeció la orden
y enfiló la nave, con 35 pasajeros a bordo, rumbo a
las Malvinas. 

La periodista y dramaturga María Cristina Verrier, de
27 años, era la tercera al mando del grupo. Su padre,
César Verrier, había sido juez de la Suprema Corte de
Justicia y funcionario del gobierno de Arturo Frondizi
(1958-1961). Un tío, Roberto Verrier, fue ministro de
Economía durante tres meses de 1957, en tiempos de la
“revolución libertadora”. 

Los otros integrantes del Comando Cóndor eran Ricardo
Ahe, de 20 años de edad, empleado; Norberto
Karasiewicz, 20 años, metalúrgico; Aldo Omar Ramírez,
18 años, estudiante; Juan Carlos Bovo, 21 años,
metalúrgico; Pedro Tursi, 29 años, empleado; Ramón
Sánchez, 20 años, obrero; Juan Carlos Rodríguez, 31
años, empleado; Luis Caprara, 20 años, estudiante;
Edelmiro Jesús Ramón Navarro, 27 años, empleado;
Fernando José Aguirre, 20 años, empleado; Fernando
Lisardo, 20 años, empleado; Pedro Bernardini, 28 años,
metalúrgico; Edgardo Salcedo, 24 años, estudiante; y
Víctor Chazarreta, 32 años, metalúrgico. La edad
promedio del grupo era de 22 años. Todos eran
peronistas. 

“Fui a Malvinas a reafirmar nuestra soberanía”
Cuando el DC-4 logró aterrizar, los muchachos
descendieron y desplegaron siete banderas argentinas.
El Operativo Cóndor tenía previsto tomar la residencia
del gobernador británico y ocupar el arsenal de la
isla, mientras se divulgaba una proclama radial que
debería ser escuchada en Argentina. El objetivo no se
pudo cumplir porque el avión, de 35 mil kilos, se
enterró en la pista de carreras y quedó muy alejado de
la casa de sir Cosmo Haskard. La nave, además, fue
rodeada por varias camionetas y más de cien isleños,
entre soldados, milicianos de la Fuerza de Defensa y
nativos armados. 
Bajo la persistente lluvia y encandilados por potentes
reflectores, los comandos bautizaron el lugar como
“Aeropuerto Antonio Rivero”. El sacerdote católico de
la isla, Rodolfo Roel, intermedió para que los
restantes pasajeros –entre los que se encontraba
Héctor Ricardo García, director del diario Crónica y
de la revista Así– se alojaran en casas de kelpers,
mientras los cóndores permanecían en el avión. Al
anochecer, Dardo Cabo le solicitó al padre Roel que
celebrara una misa en la nave y después los 18 jóvenes
cantaron el Himno Nacional. Al día siguiente, luego de
formarse frente a un mástil con una bandera argentina
y entonar nuevamente el himno, el grupo entregó las
armas al comandante aviador Fernández García, única
autoridad que reconocieron. Los muchachos fueron
detenidos bajo una fuerte custodia inglesa durante 48
horas en la parroquia católica. 

El sábado a mediodía, el buque argentino Bahía Buen
Suceso embarcó a los 18 comandos, la tripulación del
avión y los pasajeros rumbo al sur argentino, adonde
llegaron el lunes de madrugada. Los jóvenes peronistas
fueron detenidos en las jefaturas de la Policía
Federal de Ushuaia y Río Grande, en el territorio
nacional de Tierra del Fuego. Interrogados por un
juez, se limitaron a responder: “Fui a Malvinas a
reafirmar nuestra soberanía”. Quince de ellos fueron
dejados en libertad luego de nueve meses de prisión.
Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos
Rodríguez­ permanecieron tres años en prisión debido a
sus antecedentes político-policiales como militantes
de la Juventud Peronista. 

La casi aristocrática María Cristina Verrier, hija de
un juez, y el medio plebeyo Dardo Cabo, hijo de un
legendario dirigente gremial, se casaron en la cárcel.
El resultado de esa unión en cautiverio fue una niña
llamada María. 

El 22 de noviembre de 1966, los integrantes del
comando fueron enjuiciados en Bahía Blanca. Como el
secuestro de aviones aún no estaba penalizado en
Argentina, los cargos de la fiscalía fueron “privación
de la libertad”, “tenencia de armas de guerra”,
“delitos que comprometen la paz y la dignidad de la
Nación”, “asociación ilícita”, “intimidación pública”,
“robo calificado en despoblado” y “piratería”.Así
trató la dictadura militar del general Onganía al
grupo de jóvenes patriotas, a quienes definió como
“facciosos”. Y casi cuatro décadas después, ningún
libro de historia o manual escolar recuerda la gesta. 

La encrucijada de los años de plomo
La vorágine de los años 70, efímera y feroz, provocó
que los miembros del grupo comando tomaran diversos
rumbos políticos. Cuatro después del Operativo Cóndor,
unos lucharon por la “patria socialista” y otros por
la “patria peronista”. El 20 de junio de 1973, cuando
el general Juan Domingo Perón regresó definitivamente
a Argentina y lo que debió ser una histórica fiesta
popular se transformó en una orgía de pólvora y
sangre, una parte de ellos estuvo arriba del palco de
Ezeiza y el resto permaneció abajo, cuerpo a tierra. 
Aquellos jóvenes idealistas que en la primavera de
1966 se convirtieron en hombres de acción y se jugaron
la vida en las Islas Malvinas unidos por el amor a esa
porción de patria desmembrada, fueron desunidos por
recíprocas acusaciones de “infiltrados”. Unos
terminaron como guardaespaldas en sindicatos del
peronismo ortodoxo; otros, ingresaron a organizaciones
guerrilleras. En cierta ocasión el escritor Osvaldo
Soriano resumió este desencuentro con pocas palabras :
“¡Viva Perón!”, gritaba el que disparaba su arma de
fuego. “¡Viva Perón!”, exclamaba el que moría. 

Hoy sobreviven 11 cóndores. De los siete que ya no
están, sólo dos fallecieron de muerte natural o
enfermedad. Los cinco restantes, de un lado y de otro,
murieron en forma violenta. Hoy, a la distancia, quizá
sea cierto lo que escribió el brasileño Jorge Amado en
Los viejos marineros: “Cuando un hombre muere, se
reintegra a su respetabilidad más auténtica, aunque se
haya pasado la vida haciendo locuras: la muerte apaga,
con mano de ausencia, las manchas del pasado, y la
memoria del muerto fulge como un diamante”. 

Misiones silenciosas
A fines de 1996, un periodista amigo me propuso que
escribiéramos un libro sobre el Operativo Cóndor, y en
eso estamos. En mi caso, deseo que los nombres de
aquellos 18 muchachos figuren con letras destacadas en
la historia argentina del siglo XX, sin importar los
senderos por los que se bifurcaron sus vidas. Entre
febrero de 1997 y marzo de 2000 entrevistamos a los
sobrevivientes, a familiares y amigos de los muertos,
a militantes de la época, a periodistas. El resultado
se titulará Vuelo de cóndores. Y llevará un subtítulo:
El día que los muchachos peronistas hicieron flamear
banderas argentinas en las Islas Malvinas. En esos
tres años de investigación nos enteramos que hubo
otros jóvenes nacionalistas tras bambalinas que
suministraron apoyo desde Buenos Aires al operativo en
Puerto Stanley. En este momento quiero mencionar sólo
a tres: Américo Rial, Emilio Abras y Rodolfo
Pfaffendorf. 
Los periodistas Rial y Abras, militantes del
Movimiento Nueva Argentina (MNA), trabajaban en
Crónica. Junto con Dardo Cabo, entonces también
miembro del MNA, convencieron antes del Operativo
Cóndor a Héctor Ricardo García, director del diario,
de viajar en el DC-4 de Aerolíneas Argentinas.
Después, aprovecharon su ausencia para convertir al
periódico en el principal medio propagandístico de la
hazaña. 

En la quinta edición de la tarde de aquel 28 de
septiembre Crónica tituló a ocho columnas: Secuestran
un avión en vuelo y ocupan las islas Malvinas.Y abajo
se lee: “Reeditando la hazaña del gaucho Rivero (...)
un puñado de jóvenes argentinos, tras una audaz
operación de comando (la denominaron Cóndor) cumplida
a bordo de un DC-4 de Aerolíneas Argentinas en viaje a
Río Gallegos, hicierondesviar la máquina hacia Puerto
Stanley (desde ahora Puerto Rivero), ocuparon la isla,
emitieron un comunicado y dieron a conocer una
proclama. La noticia causó sensación en todo el ámbito
nacional y a nivel mundial”. 

Los compañeros de los cóndores en Buenos Aires querían
publicar también en La Razón, un importante diario de
la tarde. En la noche del 27 de septiembre, Rial hizo
una gestión para que Félix Laíño, el famoso editor del
vespertino, recibiera a Pfaffendorf, otro militante
del MNA. Pfaffendorf le llevó una carpeta con
comunicados, fotos de los 18 integrantes del comando y
sus datos biográficos. Laíño dudó en publicar algo
sobre un hecho que aún no había sucedido. 

“Dijo que no podía jugar el diario en algo que no
estaba seguro”, me relató Pfaffendorf una tarde en
1997. “¡Y yo le di mi cédula de identidad como
garantía! Me creyó. Nuestros comunicados salieron en
la tapa de la quinta edición de La Razón. Para no
comprometerme, Laíño me describe como un joven de 27
años, padre de dos hijos”. 

“Si en medio del combate cayeras, compañero”
El 28 de septiembre de 1966 me faltaban un mes y 10
días para cumplir 18 años. Al atardecer de aquella
jornada, enterado de las noticias, salí
espontáneamente a la calle. En el centro de la ciudad
me uní a otros jóvenes que no conocía. Llegamos a la
Plaza San Martín, donde está la sede de la cancillería
argentina, gritando consignas nacionalistas. A la
noche, cinco o seis muchachos terminamos presos en una
comisaría del elegante Barrio Norte. Todos éramos
menores y los policías nos trataron bien. O mejor
dicho: no nos trataron mal. Tomaron nuestros datos y
nos permitieron salir. Creo que hasta los canas
estaban un poco eufóricos aquella noche. Mientras
caminaba hacia mi casa, yo no podía imaginar que más
de 30 años más tarde me convertiría en amigo de
Américo Rial y “Rudy” Pfaffendorf. 
Fueron ellos quienes me contaron que aquella misma
noche tres militantes del Movimiento Nueva Argentina
se subieron a un destartalado Citröen y decidieron
pasar frente al consulado inglés. Los hoy muertos
Jorge Money y Miguel Ángel Castrofini, junto con un
tercero que aún vive y que estuvo fugazmente vinculado
a la guerrilla de los Uturuncos, llevaban una
ametralladora PAM que había pertenecido a la
Resistencia Peronista. Al pasar frente a la delegación
diplomática, vieron luz en una ventana y dispararon
una ráfaga. Al día siguiente leyeron en los diarios
que cinco balas se habían incrustado en la pared de un
salón. Y que diez minutos antes el príncipe Felipe de
Edimburgo había estado parado exactamente ahí.
Seguramente charlaba sobre su partido de polo con Juan
Carlos Onganía. 

Años después, se cumpliría –una vez más– el doloroso
paradigma que enfrentó a ex camaradas de una misma
generación, separados por ideología, unidos por
vocación de patria y pueblo. El 8 de marzo de 1974,
“Titi” Castrofini fue ultimado a tiros en la puerta de
su casa por un comando del Ejército Revolucionario del
Pueblo 22 de Agosto (ERP-22). El 18 de mayo de 1975,
el periodista y poeta Jorge Money fue asesinado por la
Alianza Anticomunista Argentina (Triple A). Money
trabajaba en el diario La Opinión, de Jacobo
Timmerman, y era simpatizante del ERP-22. 

En los años 70, el ERP imprimió algunos pequeños
afiches con el siguiente poema: 

Al pie de nuestros muertos 

una flor crece.
Nuestra mano la recoge, 
nuestro fusil la protege. 
Una década antes, el MNA había hecho suyas estas otras
estrofas: 

Si en medio del combate 
cayeras, camarada, 
con el azul y blanco 
tu cuerpo cubriré 
y besada por luna 
de montes y de pampas 
en la tierra que descansas 
florecerá el laurel. 

 
© Roberto Bardini 
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Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro at fibertel.com.ar

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"Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos".
Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de 
Buenos Aires, 1822
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