[Marxism] [Spanish, rather longish] March 24th and April 2nd

Nestor Gorojovsky nmgoro at gmail.com
Wed Apr 1 08:47:02 MDT 2009


[First, an apology.

I don´t send so extensive notes in Spanish to English-language lists. 
But given the recent exchange on Malvinas, I believe that this article 
just produced by the Argentinean Marxist journalist and analyst Enrique 
Lacolla is worth reading for those who can tackle my own language and 
are really interested in the relations between pro-imperialist 
dictatorships (March 24) and anti-imperialist struggles (April 2nd) in 
Argentina. I do not fully agree with ALL that is written there, but I am 
sure this will be of interest.]

El 24 de Marzo y el 2 de Abril

Por Enrique Lacolla

/Dos fechas de significación contrastante, pero que aun no terminan de 
ser percibidas en su relación dialéctica por gran parte del pueblo 
argentino./

El 24 de Marzo y el 2 de Abril son dos de los cinco feriados no 
removibles del almanaque. El dato refleja la significación de esas dos 
fechas, aunque quizá quienes prohijaron su inamovilidad no tengan muy en 
claro lo que representan. De todos modos el hecho es muy bueno en sí 
mismo, pues dichos momentos son representativos de dos de los puntos de 
inflexión en nuestra historia contemporánea y se cargan con elementos 
inversamente significativos tanto de la decadencia del país como de los 
fermentos que aun bullen en él y le hacen aspirar a un destino 
independiente. Destino burlado las más de las veces tanto por la 
ferocidad con que los estamentos dirigentes han reprimido sus intentos 
de manifestarse, como por el carácter renunciatario y en última 
instancia traicionero de unas dirigencias trabajadas por su vinculación 
activa o su complicidad con el /diktat/ imperialista. A las que viene a 
sumarse la aculturación de los estratos medios, sobre los que mejor 
puede actuar la desintegración identitaria que es consecuencia de esos 
factores.

El 24 de Marzo de 1976 significó la culminación del esfuerzo oligárquico 
para liquidar el ascendente movimiento nacional que venía manifestándose 
desde 1945, y el 2 de Abril de 1982 representó un intento –fugaz y en 
gran medida inconsciente– de retomar ese camino cortado seis años antes.

Ambos episodios estuvieron connotados por la ignorancia en que se 
encontraban muchos de quienes los protagonizaron respecto a las razones 
profundas que los determinaban. Es decir, que actuaban sobre ellos de 
manera objetiva. Esa inconsciencia sigue presente aun hoy, después de 33 
años, tanto en el rencor de partes que subsiste entre represores y 
sobrevivientes de los “años de plomo” y de la represión practicada por 
la dictadura, como en la apreciación de los factores que jugaron en el 
momento de la batalla por Malvinas.

El desastre de 1976 estuvo abonado por la locura de las formaciones 
armadas que se forjaron la ilusión de conquistar el poder sin tomar en 
cuenta el peso de las relaciones sociales en la Argentina, sin una 
comprensión clara del frente de clases que se conjugaba en la figura de 
Perón y sin la más mínima intuición política respecto de la posibilidad 
de fracturar el frente militar explotando los fermentos nacionales que 
existían y podían ser impulsados detrás de su fachada. A su vez, las 
FF.AA., ya muy predispuestas por sus antecedentes inmediatos –“la 
revolución fusiladora” – y por el estado de subordinación ideológica en 
que se encontraban respecto de Estados Unidos, reaccionaron frente a la 
actividad guerrillera de manera desmedida y se convirtieron, por vía de 
su brutalidad intelectual y de su ceguera respecto de lo que estaba en 
juego, en los idiotas útiles del imperialismo. Su ignorancia respecto 
los factores no sólo sociales sino también nacionales que signaban el 
enfrentamiento entre el comunismo y el capitalismo, la imagen 
distorsionada del mundo que era su consecuencia, su miedo a la 
revolución cubana y su creencia petulante en que se habían convertido en 
unas aliadas necesarias de Estados Unidos para controlar el continente, 
las movió a aprovechar el exterminio de las organizaciones armadas para 
lanzar una ofensiva contra los factores resistentes que había en la 
sociedad argentina para elaborar un desarrollo autosostenido. Manejadas 
por la pandilla neoliberal encabezada por el ministro de economía José 
Alfredo Martínez de Hoz, imprimieron un sesgo a la política económica 
que inició la destrucción de la industria e implicó el asentamiento en 
el país del esquema neoliberal forjado por la “escuela de Chicago”; 
aunque cabe reconocer que conservaron la propiedad estatal de ciertas 
industrias estratégicas, como la atómica, propulsándola hasta el punto 
de que nuestro país fue uno de los primeros, si no el primero después de 
las grandes potencias, en dominar el ciclo del enriquecimiento del uranio.

Pero el retorno al país agrario, exportador de /commodities/, se reveló 
muy difícil de imponer a la vuelta de pocos años. En parte porque 
comenzó la expulsión de sectores urbanos hacia la periferia social, 
suscitando la resistencia de los gremios, pero sobre todo porque la 
concepción que entendía a grupos substanciales del pueblo como enemigos 
a extirpar implicó el desprestigio del gobierno militar. La sociedad 
empezó a sentirse harta de una experiencia que, en un principio, había 
asumido con resignación y hasta con una cierta simpatía, en la medida en 
que creía que “los militares venían a poner orden” al desplazar el 
caótico gobierno de Isabel Martínez de Perón y a las pujas 
intersectoriales del peronismo que ensangrentaban al país. El “lado 
oscuro de la fuerza”, hacia 1982, era evidente para todos.

El mecanismo de la explosión

En este contexto estalló de pronto la cuestión Malvinas. ¿Fue 
consecuencia de un acto desesperado del gobierno militar para recuperar 
prestigio y una iniciativa política que se le iban de las manos? Esta es 
la explicación corriente entre los sectores progresistas, pero la 
realidad es mucho más compleja. Los preparativos para la Operación 
Rosario (como se llamó a la reconquista de las islas) existían desde 
bastante tiempo atrás. Gran Bretaña, por otra parte, no sólo seguía 
haciendo oídos sordos a la reclamación argentina por recuperar o al 
menos negociar la soberanía de las islas, sino que había endurecido su 
posición a partir del plan forjado de consuno con Washington en el 
sentido de establecer un sólido predominio en las áreas que asegurasen 
la perdurabilidad del dominio de las potencias marítimas en la zona del 
creciente exterior o insular, para usar la terminología geopolítica de 
Halford Mackinder. A esto se sumaba la casi certidumbre de la existencia 
de grandes yacimientos petrolíferos /off shore/ en el área del 
archipiélago malvinense y también, por qué no, la conveniencia 
estadounidense de sacarse de encima un aliado tan impredecible (la cuasi 
guerra con Chile por el Beagle así lo demostraba) como era la dictadura 
argentina, cuya utilidad estaba agotada y que se había ensuciado con 
actos atroces consumados contra su propio pueblo. Se estaba ingresando a 
la era de los Derechos Humanos como expediente diplomático utilizable 
para presionar o suprimir a gobiernos indeseables; esto es, a gobiernos 
inútiles al Imperio o contrastantes respecto o a sus necesidades 
coyunturales. La dictadura argentina llenaba ambos requisitos.

Es imposible para nosotros conocer los entretelones de los movimientos 
que llevaron al rompimiento en torno de Malvinas, pero la sospecha de 
una emboscada (una “cama”) tendida al gobierno militar por Londres y 
Washington no puede descartarse. Margaret Thatcher y Ronald Reagan eran 
los figurones de proa de un movimiento internacional que apuntaba a la 
globalización económica concebida de acuerdo a la desregulación salvaje 
y a la libertad absoluta del mercado. Sus entendimientos bajo cuerda (o 
los arreglos entre los fautores ingleses y norteamericanos de las 
coordenadas estratégicas que determinaban la evolución del mundo) 
estaban a la orden del día. Mientras personeros del estamento militar 
norteamericano halagaban al general Galtieri definiéndolo como una 
“personalidad imponente”, Gran Bretaña respondía al crecimiento de la 
tensión originada por un incidente fabricado en las islas Georgias, 
deslizando la noticia de que un submarino nuclear estaba siendo enviado 
a la zona en conflicto.

Esta información ofició de detonante. La llegada de una nave de ese tipo 
reducía la capacidad operativa de la Armada argentina casi a la 
impotencia. Desaparecía la oportunidad de utilizar el factor militar de 
una ocupación de las islas para jugarlo luego en la mesa de 
negociaciones. Sólo cabía adelantarse a ese arribo acelerando el 
lanzamiento de la Operación Rosario. Así, el 2 de Abril de 1982 tropas 
argentinas ocupaban el archipiélago. Luego sobrevino lo inesperado para 
la dictadura militar. El impulso patriótico determinado por la ocupación 
del archipiélago, que llenó la Plaza de Mayo con una multitud 
entusiasta, y la reacción británica, frente a la cual Estados Unidos se 
limitó a simular el papel de mediador en la crisis, pusieron a la Junta 
Militar ante el peor de los escenarios: por un lado un entusiasmo 
popular que vedaba en buena medida la renuncia a la ocupación de las 
islas, y por otro la “traición” del aliado que se imaginaba tener. 
Puesto en la disyuntiva de tener que elegir entre el gobierno de Buenos 
Aires y el de Londres, a Washington no le quedaba duda acerca de cuál 
iba a ser la vía a seguir. Tras una ficción de mediación, Estados Unidos 
volcó su apoyo a favor de los británicos, mientras la Unión Europea 
también cerraba filas detrás de uno de sus miembros. El respaldo 
norteamericano estuvo lejos de ser sólo verbal: durante el conflicto se 
tradujo en apoyo logístico, facilidades de acceso a sus bases en el 
Atlántico, flujo ininterrumpido de información satelital y de aviones 
espías para la fuerza expedicionaria británica y provisión de misiles 
aire-aire SideWinder, de letal eficacia contra la aviación argentina.

Una batalla desigual

Así las cosas y enfrentada Argentina a la alianza militar más poderosa 
del mundo, la OTAN, el resultado de la guerra estaba cantado desde un 
principio. Lo sorprendente no fue el resultado de la lucha, sino su 
prolongación a lo largo de dos meses. La debilidad de nuestro país se 
veía aumentada, por otra parte, por la actitud hostil de Chile  y la 
colaboración que prestaba a la Flota británica. En el resto de los 
países de América Latina la disposición era exactamente la contraria. 
Esto dio lugar a una de esas “ironías de la Historia” de que habla Hegel 
y que demostró, de una vez y para siempre, que el destino de nuestro 
país está atado a la suerte del subcontinente y no a la figuración de un 
europeísmo presunto, de espaldas a la América profunda, que había 
fascinado a lo largo del tiempo a nuestras clases alta y media hasta el 
punto de convertirnos en un pedúnculo del sistema anglosajón. Las 
porciones de esa nación inconstituida que es América Latina prestaron su 
apoyo diplomático en los foros mundiales (en la OEA y en las Naciones 
Unidas), mientras que el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia 
Recíproca), que obliga a todos los países del hemisferio a prestarse 
asistencia mutua en caso de una agresión externa, quedó deslegitimado 
por el papel jugado por Washington, que no hesitó en volcarse en apoyo 
de Gran Bretaña al intentar esta restituir una situación colonial en 
territorio americano. El colmo se produjo cuando el canciller argentino 
Nicanor Costa Méndez se abrazó en La Habana con Fidel Castro, hasta 
entonces la bestia negra del régimen militar.

¿Qué había pasado? Pues simplemente que jugaron los lazos implícitos de 
la comunidad iberoamericana, vivificados por la agresión de que uno de 
sus miembros era objeto y porque el ataque desnudaba ante nuestros 
pueblos la condición semicolonial en que estábamos viviendo.

Ese apoyo pudo llegar a traducirse en respaldo militar, en los casos de 
Perú y Cuba. No fue así porque la Junta Militar argentina no estaba en 
condiciones, ni ideológicas ni psicológicas, de batirse con un real 
compromiso en una causa en la cual en el fondo no creía, y porque 
hacerlo hubiera significado una radicalización social y nacional que se 
la hubiera llevado por delante. En vez de eso, una vez verificada la 
pérdida de Puerto Argentino, la dictadura se limitó a repatriar a los 
combatientes, con tan mala conciencia que los escamoteó de la vista del 
público e impidió que se sintieran arropados por el calor popular. Este 
abandono anticipaba el que sufrirían en los años sucesivos, cuando las 
campañas de “desmalvinización” de que fue objeto el pueblo argentino 
durante el período democrático hizo que el término Malvinas se 
convirtiera casi en una mala palabra, y que a los conscriptos veteranos 
se los bautizara como “los chicos de la guerra”, suprimiendo así toda 
connotación heroica a su empresa y royendo sus contornos legítimos.

La batalla en sí misma, sin embargo, más allá de las denuncias de mal 
trato de algunos oficiales para con los soldados que estaban a su mando, 
que pudieron tener algunos casos puntuales en los cuales engarzarse, fue 
sin embargo disputada con resolución por las tropas en el terreno y por 
la aviación y la armada.  La incompetencia política, la ignorancia de 
las realidades mundiales y el pobre papel del alto mando en la batalla, 
no suprimieron ese hecho, abonado por el sacrificio de cientos de vidas 
inmoladas en el aire, en la tierra y en el mar. Sacrificio que tuvo una 
pesada contrapartida en las bajas y daños sufridos por los británicos: 
una parte muy importante de la flota inglesa fue destruida o dañada, 
poniendo por un momento a la fuerza expedicionaria británica al borde de 
la derrota. Paul Kennedy ha expresado que sólo “bajo el paraguas de la 
alianza occidental pudo Gran Bretaña comprometer a los tres cuartos de 
su flota de combate en un escenario a ocho mil millas de distancia, sin 
preocuparse por las consecuencias estratégicas (que tal acto) podía 
tener en otros lados… La operación de recuperación de las Malvinas 
recibió todo tipo de asistencia (inteligencia, logística) de parte de 
Estados Unidos, sin lo cual las cosas podrían haber resultado muy 
diferentes…”

Norte contra Sur

El compromiso tomado por los países de la OTAN en respaldar a Inglaterra 
y la decisiva contribución norteamericana a la victoria británica ponen 
también a la guerra de Malvinas como un factor premonitorio de lo que 
vendría después. La actitud soviética durante el conflicto, apagada y 
neutralista, no sólo atestiguó la falta de preparación diplomática de la 
batalla de parte de la dictadura militar, sino también el repliegue de 
la URSS ante una circunstancia mundial que empezaba a sobrepasarla. Por 
otro lado, el carácter desigual del conflicto entre Gran Bretaña y 
Argentina anticipaba la guerras posteriores a la caída de la Unión 
Soviética, significadas por una abisal diferencia entre la capacidad 
militar de la OTAN y la de los países que eran objeto de sus 
“atenciones”. La desigualdad militar puesta de manifiesto en el 
conflicto austral sería reproducida en una escala aun mayor en el 
episodio final de la guerra en los Balcanes, la separación de Kosovo del 
cuerpo de la ex Yugoslavia, y en las guerras –que pudieron considerarse 
como poco más que ejercicios de tiro– llevadas adelante por Estados 
Unidos en las dos guerras del Golfo y en Afganistán. Al menos, en el 
caso iraquí, mientras se trató de batallas convencionales contra tropas 
regulares. Lo que sucedió después, durante la ocupación estadounidense 
de esos escenarios, es otra historia, que está lejos de haber terminado.

En ese sentido puede decirse que Malvinas fue un conflicto bastante más 
equilibrado que los que vinieron después, y esto debe ser puesto en el 
activo de la pericia técnica y el coraje de los aviadores argentinos. De 
cualquier manera la guerra austral fue el primer acto de una pieza que 
estaba comenzando. La antinomia Norte contra Sur reemplazaría a la 
confrontación Este-Oeste que había distinguido a los años de la guerra 
fría. En realidad ese desplazamiento del eje de la acción respondió a 
una realidad que estaba presente desde mucho tiempo atrás, aunque había 
sido disimulada por la confrontación ideológica entre el comunismo y el 
liberalismo burgués. En el fondo, de lo que se trataba y se trata es de 
las luchas de liberación nacional contra el imperialismo.

En este cuadro lo que importa no son sólo, o no son tanto, los 
contenidos ideológicos como la situación objetiva de los contendientes 
en el desarrollo desigual que califica al mundo. Entre un país 
“civilizado” que funda su vigencia en la supresión de la posibilidad de 
civilizarse que tienen los otros, la elección no puede fundarse en el 
presunto refinamiento que ha alcanzado el primero sino en la necesidad 
que los segundos tienen de desarrollarse libremente.

La alianza noratlántica ha avanzado en la ruta de una globalización 
entendida a la medida de sus necesidades. Recién ahora, ante la 
emergencia de una crisis económica también global que refleja la 
falencia de un modelo basado en la concentración de la ganancia y en la 
explotación implacable de los recursos de terceros países, ese esquema 
ha comenzado a ser puesto en entredicho. Pero que se observen sus 
falencias no significa que quienes comandan el juego estén dispuestos a 
revisarlo a fondo. La decisión de controlar el mundo apropiándose de sus 
reservas naturales y ganando un posicionamiento geoestratégico que 
asegure la supremacía, sigue actuando de forma relevante. Incluso se ha 
desnudado explícitamente la amenaza nuclear para mantener este estado de 
cosas. Un conflicto en Medio Oriente que involucrase a Irán y 
comprometiese la situación de Israel y de las tropas de Estados Unidos 
en el área podría tener como respuesta la utilización de armas atómicas. 
Las amenazas en este sentido ya son explícitas, aunque se las refiera a 
artefactos de utilización táctica y dirigidos a destruir búnkeres 
subterráneos que podrían alojar “armas de destrucción masiva”. Como si 
las bombas atómicas no lo fueran…

En este sentido la guerra de Malvinas fue también anticipatoria. Aunque 
no se ha podido saber qué grado de consistencia tenían los rumores 
acerca de que Margaret Thatcher estaba decidida a “bombardear con 
cohetes nucleares el complejo militar de Córdoba” en el caso de una 
derrota de la fuerza expedicionaria, el dato del desplazamiento de un 
submarino equipado con ese tipo de misiles desde una zona de vigilancia 
que amenazaba a la Unión Soviética a otra que no afectaba a la URSS pero 
que ponía a la Argentina dentro de su radio de alcance, no es cosa de 
poco. Una humillación militar hubiera puesto frenética a “la dama de 
hierro”, que en ningún caso hubiera querido resignar el papel de 
Churchill de pacotilla que se había asignado y que le valió un 
perdurable control del gobierno cuando este vacilaba en medio de la 
crisis de la reconversión capitalista de comienzos de los años ’80.

A 27 años de la guerra de Malvinas es hora de que se la evalúe en su 
justa dimensión. Estuvo mal concebida y dirigida con torpeza por hombres 
cuyos antecedentes los descalificaban para la tarea, pero promovió una 
emoción nacional que estuvo lejos de ser innoble, mal que les pese a 
ciertos exponentes de la tilinguería progresista, como una comentarista 
de temas literarios por televisión que en una oportunidad denominó a la 
Plaza de Mayo del 2 de Abril como “la plaza de la vergüenza”. Vergüenza 
debería sentir ella que, en su pedantería pseudo ilustrada, tiende a 
identificar toda efusión popular como el producto de la ignorancia más 
grosera y de la disposición a dejarse llevar ante cualquier oferta 
“demagógica”. Las debilidades de la psicología nacional pueden haberse 
puesto de manifiesto, en efecto, en la puerilidad de algunas de sus 
manifestaciones (“el que no salta es un inglés”) y sobre todo en la 
desinformación que sembró, de /motu propio/, gran parte de la prensa 
escrita y televisiva, ya que los comunicados oficiales solían ser 
bastante serios y exactos. Pero esas debilidades no pueden ser evaluadas 
desde arriba con un mohín de desprecio sin mirar primero a las propias 
falencias y, sobre todo, no pueden ser usadas para escamotear lo 
sustancial del asunto, que no es otra cosa que una afirmación 
identitaria mal servida o traicionada por los gobernantes.

Malvinas fue una derrota que todavía estamos pagando. A causa de ella el 
país se liberó de la dictadura militar, pero en los años que siguieron 
el imperialismo nos siguió pasando la cuenta, con gran regocijo de los 
estratos económicos que habían acompañado con renuencia irónica a la 
aventura y que encontrarían un acompañamiento más acomodaticio en una 
clase política incapaz de elaborar seriamente la naturaleza de la 
guerra. Los Alemann, los Klein, los Cavallo y el conjunto de intereses 
que representaban, primeros beneficiarios de la represión de las clases 
populares por la dictadura, iban a seguir enquistados en los gobiernos 
democráticos que seguirían a esta y promoverían una multiplicación de la 
deuda externa, una timba financiera, una devastación económica y un 
desguace industrial que arrojarían a la Argentina a la indigencia más 
absoluta.

Hoy ese período parece haber remitido. Pero persiste en volver, en esta 
ocasión a través de una súbita reviviscencia de las tesis retrógradas y 
suicidas de un país volcado tan sólo a la producción agraria. Nada está 
aislado en la historia. En la guerra de Malvinas se puso de manifiesto 
la necesidad de contar con una potencia física que sólo puede derivarse 
del desarrollo estructural de la nación. Y asimismo se hizo evidente que 
la única forma de compensar la falta de peso específico de esta pasa por 
su integración en un bloque latinoamericano que realice las aspiraciones 
incumplidas de la revolución por la Independencia. En este marco, la 
experiencia bélica de Malvinas resulta iluminante, tanto por sus errores 
como por la victoria potencial que estaba encerrada en ella.

(www.enriquelacolla.com)




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